La Octogenaria de CorozalEs sábado once mayo de 1935 y en la pequeña lancha gasolinera que hace el servicio entre la ciudad de Payo Obispo, capital del Territorio de Quintana Roo, y la cercana Punta Consejo, primer puerto de la colonia de Honduras Británica, hago viaje con el objeto exclusivo de localizar a una ancianita que según he sabido vive en Corozal y es un recuerdo viviente de la espantosa guerra social que arrasara a Yucatán en 1848. Llevo mis papeles de migración y sanidad en regla y ya ardo en deseos de mascullar unas palabras en inglés, pero con un inglés legítimo para que no me entienda y no le entienda a él.

El corto viaje de 30 minutos se hace por un peso mexicano, peso que según mis amigos de Payo Obispo, en Belice no vale sino veinticinco centavos. ¿Será Posible? me preguntaba. Si mis pesos fueran robados tampoco los cambiaría por cinco búfalos. Pero hemos llegado a Punta Consejo y lo primero que diviso es un fornido negro de quepí blanco que haciendo equilibrios en el muelle de piedra, muestra toda la dentadura, blanca, maciza y verdaderamente troglodítica. Descendemos, aduana, registro de nombres, objeto y término de la visita, etc. El correcto negrazo se llama Livingston Terry. Es el policá, el único de Punta Consejo, y además, representante de su majestad el Rey de Inglaterra, Dios salve al Rey.

Por cincuenta centavos de dólar un autito Ford me lleva vertiginosamente, por una carretera de escasos dos metros de ancho, hacia Corozal. No se que actitud extraña se apodera de mi. Vago recuerdo de momentos terribles  asalta mi mente.  ¡Ah! si…  “Corozal, fue refugio de sus propias víctimas! Era un villorrio sin ninguna importancia, habitado por bucaneros ingleses en 1780, cuando Belice aún pugnaba por convertirse en centro poblado. Años después sus moradores extendieron sus actividades pirateriles a toda la Costa Oriental de Yucatán, siendo por ello castigados y perseguidos por los españoles. Además llevaron su influencia sobre los indios mayas que poblaban a millares el Norte del Rio Hondo, lo que es ahora el semi desierto de Quintana Roo, y los alrededores de Bacalar, la hermosa villa que alzándose hacia el extremo Sudoeste de la península yucateca, desde 1944 que fue fundada por el capitán español Gaspar de Pacheco, parecía un centinela apostado allí para velar sobre la seguridad y decoro del Estado y sobre la integridad y la inviolabilidad de su territorio: Bacalar”.

Ya estamos en Corozal, población de madera. Casas comerciales que por lo que se ve tuvieron importancia. Sus armazones vacíos así lo indican. Como un periodista se relaciona fácilmente a los tres minutos ya sabía yo algunas curiosidades. Por ejemplo: que los treinta mil acres de terreno donde se encuentran enclavado casi todo el centro de la población, correspondían a un solo propietario: al honorable súbdito inglés Mr. William Schofield, hijo del extinto  Mr. Ernest August Henrry Schofield, muerto en la misma población de Corozal el 10 de octubre de 1934. Tal cosa significa que, aunque otros son los propietarios de las distintas casas edificadas en sus terrenos, estos le cubren determinada renta mensual o anual,sin poder adquiriren propiedad dichos terrenos. Un latifundismo como los que existían en México antes de 1910. Pavoroso. Presentado que fui al señor Consul Honorario de México en Corozal, don Juan Riverol,  descendiente de antiguos bacalareños, pero ciudadano inglés por nacimiento, hícle el ruego que me presentara con la anciana superviviente de Bacalar. Se trataba de doña Herminia Robelo Pérez. Echándome la cámara fotográfica al hombro, seguí al amable señor Riveroll. Una, dos, tres, calles: una casita de madera. Penetramos. Salita modestísima. Algunas palabras cariñosas de nuestro cónsul. Una voz queda: pase, pase señor. Una cortinilla mugrienta. En tanto la descorre don Juan ya he preparado mi cámara Zeka. En una hamaca de lona, sentada, contemplándome fijamente, está el recuerdo viviente que yo busco: doña Herminia Robelo. Como la contemplas en la foto, lector amigo, así la sorprendí.  Rezaba.

Esta viejecita nítida que como ves tiene un dulce aspecto de hada, de un remoto tiempo en que la vida estaba regida por el ritmo de una música de ensueño, nació precisamente el 21 de febrero de 1841, diesisiete años antes de un día de la misma fecha, de 1858, en que casi frente a sus ojos, primero atónitos y después espantados, fueron destrozados, al filo del machete y bayoneta, los pobladores y guardianes de Bacalar, en la cual vivía con sus padres: don Liberato Robelo y doña Narcisa Pérez.

Venciendo mi emoción y el infinito deseo de besarla, si, besarla como se besa algo santo, le rogué que no se moviera, que se estuviera así, quieta mirándome fijamente, como dicen algunos fotógrafos profesionales. Y apreté el disparador de mi cámara, ansioso de grabar aquella imagen que quizá no vuelva a ver jamás.

Entonces díjele del objeto de mi visita; ella sonrió amablemente, o mejor dicho quiso sonreír, aunque sus labios solo se contrajeron en una mueca. Y aunque un poco sorda, escuchó perfectamente mis preguntas, así como la indicación del señor Riveroll, quien le dijo que estaba yo escribiendo “una historia”. Doña Herminia con sus noventa y cuatro años, recuerda perfectamente la escandalera y gritería que invadió a Bacalar un día de fines de septiembre de 1847, cuando huestes de Venancio Pec, Juan Pablo Cocom y otros jefes indígenas sublevados, tras largo asedio a la plaza, lograron hacerla capitular.”Esa vez, me dice trabajosamente doña Herminia, los indios no nos hicieron ningún daño”. Todos salimos entre doble fila de soldados de la fortaleza de Bacalar, hacia el Rio Hondo, internándonos en la Colonia. Y suspirando hondamente agrega: Para retornar casi un año después cuando Bacalar volvió a poder de los yucatecos.

Efectivamente la señora Robelo recordaba de manera maravillosa aquella terrible odisea. Porque primero las familias desalojaron Bacalar sin sufrir ningún daño ni ser molestadas por nadie. Y casi un año después, cuando la plaza fue recuperada por las fuerzas del coronel José Dolores Cetina, casi todas las familias exiliadas en la Colonia Inglesa retornaron a su antigua ciudad, hay, esta vez para no volver a salir nunca de ella, aunque esto no ocurrió sino hasta el 21 de febrero de 1858, cuando los indios insurrectos, que no dejaron de hostilizar a Bacalar desde 1848, cayeron por sorpresa sobre la población, pasando a cuchillo a sus defensores y cebándose de la manera más inicua y cruel en todos sus habitantes: hombres, mujeres y niños. Doña contaba entonces seis o siete años, pudiendo escapara hacia las riberas del Rio Hondo una noche tempestuosa, después de permanecer cinco días en una cueva del centro de Bacalar, alimentándose de raíces. Es conmovedor el relato. El señor Riveroll y yo escuchamos absortos.

Cuando a fines del año en curso visité nuevamente Corozal, de regreso de Belice,a donde fui con objeto de documentarme sobre mi Álbum Monográfico de Quintana Roo, supe que la señora Robelo falleció el 30 de agosto del año anterior. O sea, en el año de 1935, cinco meses después de mi entrevista.

Gabriel Antonio Menéndez.

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