La Calle 16 de Septiembre con las actuales Oficinas de Telégrafos y Correos al fondo

Siempre he creído en la conveniencia de rescatar, costumbres, valores, lugares y formas de vida, que con el paso de los años van quedando en el olvido. Recientemente una persona me calificó de “romántico” al pronunciarme en favor del proyecto de construir el “Teatro de la Ciudad” donde antes estuvo el Cine Teatro Leona Vicario. La expresión escondía la no muy cortés intención de tacharme de “anticuado” y con ello contrario a la pragmática modernidad actual. Así que me fui al diccionario para ver el significado semántico de lo que para mi interlocutor yo era. Encontré esto que el Diccionario de la Lengua Española dice por “Romántico”: Acepción 1. Adjetivo relativo al romanticismo o a este movimiento cultural. Acepción 2. Persona que defiende o sigue este movimiento cultural, y acepción 3. Apropiado para el amor o que lo produce; sentimental, generoso y soñador.

Como el tema en cuestión se refería  a lo que entendemos por cultura, me fui también a consultar el correcto significado de esa palabra. Dice el diccionario por “Cultura”: Acepción 1. Resultado o efecto de cultivar los conocimientos humanos y acepción 2. Conjunto de modos de vida y costumbres de una época o de un grupo social. Estas respuestas me aclararon más lo que mi joven y moderno amigo, supuestamente, veía en mí. Con esta reflexión, o preámbulo trataré de comentar con ustedes lo que fuera el barrio donde crecí.

“El barrio del Telégrafo”, como se le conocía, abarcaba de la calle Chapultepec por el Norte, hasta la avenida Álvaro Obregón por el Sur; de la Calzada Veracruz por el Oriente a la Avenida Héroes por el Poniente. En el centro del mismo estaban las instalaciones de Telégrafos Nacionales, que abarcaban toda una manzana. En el centro de esa manzana, se erguía una gran construcción sostenida en fuertes columnas de concreto como de dos metros de altura. Las columnas sostenían una edificación de madera y techo de lámina de estilo inglés, con elegantes ventanas de rejillas, donde vivía la familia del  señor Antonino Sangri Serrano, su administrador.

En su parte inferior contaba con un gran generador de corriente que alimentaba, tanto la casa como las oficinas de telégrafos. Contaba con una enorme antena, sostenida de cuatro enormes retenidas de concreto, edificadas en direcciones opuestas hacia los cuatro puntos cardinales. Cercada de alambre de púas, con su entrada principal que daba a la calle 16 de septiembre, era el sitio de la ciudad que daba nombre a nuestro barrio, y que habría de vivir, igual que nosotros, la gran catástrofe del ciclón Janet en 1955, que destruyó en su totalidad su bella edificación de madera.

En ese su estado en ruinas el telégrafo habría de cubrir toda una época de recuerdos para los que en su entorno vivimos. Mi casa estaba ubicada a escasos 50 metros de distancia. En los 60s en el telégrafo lo mismo se hacían divertidas charlotadas con ruedos improvisados de palos de monte y palmas, que llegaban circos como el Atayde,  el de los hermanos Osorio, el Alegría y otros. Lo mismo funcionaba como campo de futbol llanero que como “El Matadero”, donde como estudiantes de la Secundaria Adolfo López Mateos dirimíamos a golpes nuestras diferencias.

Detrás del telégrafo estaba el potrero, lugar donde pastaba el ganado antes de ser llevado al rastro público. Desde el potrero, de manera totalmente pedestre, los animales se llevaban lazados a su lugar de matanza, a orillas de la Bahía. En el transcurso de ese viaje muchos toros bravos se escapaban sembrando el pánico entre la gente del rumbo. A nosotros, emulando las pamplonadas, nos encantaba acompañar a los toros por las calles de la ciudad hasta el rastro.

Otra de las costumbres del barrio era bañarnos en la lluvia. Eso implicaba salir a la calle, apenas cubiertos con ropa interior, a corretear con los amigos del barrio buscando chorros de agua, o chapotear en los charcos del telégrafo. Hay una técnica  que aconseja remontarte a los momentos de mayor dicha de tu niñez como manera de combatir la depresión. Siento que ese era uno de esos momentos. Un verdadero festín de alegría y diversión para nosotros.

En la esquina de la casa estaba la panadería de don “Pompeyo”. Era otro punto donde, en una calle sin pavimentar, desafiando la posibilidad de recibir una patada de algún caballo del rumbo, disfrutábamos del “Chucumanché”, juego que consistía en elevar un gran papalote, atando al extremo del hilo que sostenía el mismo una gran rama de “chichibé”, arbusto silvestre de nuestra región. Los participantes del juego, debíamos atrapar el arbusto que era lanzado al aire por el compañero que sostenía el papalote. Una acción similar a la que hace una novia al lanzar su ramo, solo que con un papalote atado al mismo. El que atrapaba el arbusto debía correr en contra del viento y volver a lanzarlo. No pocas veces al arbusto se le agregaba peso con peligrosas piedras.

Entre otras de la vivencias del barrio recuerdo una ocasión en que un pequeño circo que se instaló en los terrenos de la familia Noverola ubicados  en la avenida Héroes con Plutarco Elías Calles. Entre los actos del pequeño circo estaba el número del “Enterrado Vivo”. El espectáculo implicaba sepultar un hombre durante toda la noche. Un pequeño cristal en la parte superior de la caja permitía observar al sepultado. Era la imagen misma de un cadáver en una fosa casi completamente cubierta de tierra. El hombre en cuestión era un pobre necesitado de por el barrio que por unos pocos billetes se había ofrecido a hacer tan peligroso acto.

Me cuenta mi amigo Noverola que al empresario del pequeño circo, después de que la gente terminó de observar a su “Enterrado Vivo”, se olvido del pobre infeliz que yacía en la fosa, quien  con dificultad respiraba por un pequeño orificio. No fue sino hasta el día siguiente, al intentar buscar otro voluntario, que se acordó del pobre desdichado del día anterior. De inmediato fueron a desenterrarlo con la fortuna de encontrarlo aún con vida. Desde esa fecha y hasta hoy, a ese hombre se le conoce en el barrio con el apodo de “El Muerto”.

Otro lugar de mi barrio era la fábrica de jabón de don Nahim Amar, otro de nuestros lugares preferidos de diversión. En la fábrica se producían aquellas barras de jabón azul para lavar ropa. No conocíamos los detergentes. Sus ingredientes: aceite de coco, obtenido de moler y prensar la copra y sosa cáustica entre los que más recuerdo. Había un gigantesco horno para hervir el jabón y numerosos contenedores de madera para almacenar las barras ya cortadas. Allí jugábamos con los Amar, nuestros vecinos de junto, a las escondidas o al circo. En la fábrica, ya en ruinas, instalamos nuestra pista y nuestros trapecios y construimos, con aquellas hamacas de lona, nuestra red protectora. Eran los tiempos de la película “Trapecio” con Tony Curtis, y allí vivíamos nuestras fantasías circenses. Allí, en aquella vetusta fábrica de jabón, jugábamos a ser, lo mismo payasos, que trapecistas o domadores.

Otro relato que habré de contarles es el siguiente: En una ocasión mi madre sufrió tremenda sorpresa al encontrar a un hombre metido en la casa. El hombre en cuestión era un vecino del barrio, que vivía cerca de la casa. Al ser sorprendido en tan comprometedora situación el tipo dijo haber estado “tomando unos traguitos” y por efecto de los mismos había confundido su casa con la nuestra. Mi madre evidentemente que no creyó su historia y su primera intención fue buscar en el lugar donde había dejado su dinero. Mientras esto hacía, el hombre salió apresurado en busca de la calle. Al darse cuenta mi madre que su dinero no estaba, emprendió la persecución de aquel tipo. Lo vino a alcanzar en los terrenos del telégrafo.

Usted me ha robado mi dinero, sinvergüenza, dijo mi madre. ¡No señora no le he robado nada, se lo juro! respondió el desdichado. A ver, sáquese las bolsas del pantalón, le increpó mi madre; el hombre se vació los bolsillos,  sacó algo de dinero y un pañuelo que era todo lo que tenía. Ya ve, todo esto es de mi marido, mentecato ratero. Así que mi madre se quedó con todo aquello. Después del temerario incidente aquel hombre siguió su camino y mi madre regresó a la casa. Ya con el ánimo más sereno y con la adrenalina normalizada mi madre buscó de nuevo su dinero y ¡Ohh, sorpresa! Su dinero estaba intacto, nadie le había tocado ningún centavo. Aquel infeliz borracho había sido el bolseado. Este tipo de vivencias que hoy les relato son los recuerdos que guardo de aquel mi barrio en el Chetumal de mis amores. Son historias  que aspiran, como dice el diccionario de la Lengua Española, a definirme  como apropiado para el amor, o que lo produce; sentimental, generoso y soñador.

 

 

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