Que clase de hombres eran los conquistadores Ibéricos del siglo XVII. A veces evocando las hazañas y proezas de estos fecundadores  del seno de la epopeya, llegamos a pensar pasmados d admiración que fueron amamantados cual los gemelos romanos por una loba o que descendían en línea recta de los centauros mitológicos. Y eso parecía cuando hacían caracolear a sus briosos corceles de guerra blandiendo sus lanzas refulgentes para ensanchar los límites del mundo.

Quien era Alonso Dávila.

Alonso Dávila pertenecía a esa raza de gigantes. Reverenciaban a su rey, tenían fe en Dios, pero tenían más fe en su valor milagrero. Alonso Dávila el milagroso, aquel que fuera escogido por Hernán Cortez para conducir a España los tesoros hurtados en el palacio de  Moctezuma el Grande , el de las andas de oro, el que logró burlarla vigilancia de Diego Velázquez en esta ocasión pero que tuvo la desgracia de ser apresado por un corsario francés que lo despojó de los tesoros y lo llevó a Francia para tratarlo como un esclavo. De vuelta a España se encontró con Francisco de Montejo,  quien  en aquel momento preparaba una expedición para venir a Yucatán, y se enroló en sus filas aventureras.

Vino con él a Yucatán, lo acompañó en todas las desgracias y peripecias de la conquista del Mayab, y cuando el Adelantado ya se encontraba en Chichen Itza, acosado terriblemente por el clima que lo asfixiaba y por la soberbia de los indígenas que orgullosamente defendían su libertad y la integridad de su territorio, siempre  desesperado, siempre ansioso por encontrar el áureo metal, tomó la resolución extrema de enviar a Bakhalal a un pequeño grupo de su mermado ejército y escogió precisamente a Alonso Dávila, probado en todas las aventuras, para que se dirigiese a Bakhalal (Cerro de cañas), población remotísima de la costa oriental de la península Yucateca en la cual se la había informado que encontraría oro en abundancia.

Y Alonso Dávila fue lógicamente escogido por el Adelantado Montejo para encabezar a 23 jinetes que partieron a la remotísima Bakhalal indígena. Alonso Dávila escogió caminos secretos e iba luchando contra todas las fuerzas de la naturaleza que se oponían a su paso. A veces era un gran pantano que parecía absorber en una sola bocanada al caballo y muchas veces al jinete que sobre él cabalgaba. Otras veces eran terribles reptiles que se oponían a su tránsito. Al fin Dávila y sus hombres llegaron a Bakhalal y allí entonces tuvieron que vérselas con indígenas también resueltos a conservar a viva costa su comarca, y casi perece de hambre el pequeño destacamento comandado por Alonso Dávila, cuando éste tomó la resolución extrema de volverse para atrás, y después de una peregrinación llena de peligros y tormentos, apenas con una docena de hombres pudo legar a Campeche, en donde encontró al Adelantado Montejo que también milagrosamente había podido escapar de la ciudad sagrada de Chichén Itza. Desde ese momento la Bakhalal indígena comenzó a figurar de manera resonante en las páginas de la historia peninsular, antigua y moderna. Es como la Troya griega que resiste prolongados  sitios por el valor de sus defensores, que no sucumbe porque a pesar de la falta de elementos,  con que no  contaba Yucatán, y  el torrente inmenso y mortífero que  la colonia Inglesa de Belice proporcionaba a los mayas en un guerra implacable de exterminio, los yucatecos lucharon con heroicidad espartana para evitar, como lo evitaron a pesar de todo, la desmembración del territorio Mexicano por el sur.

Y en este punto tenemos que detenernos para hacer la breve historia de esta población que por primera vez figura en nuestra historia con el nombre indígena de Bakhalal y después con el nombre de Villa de Salamanca que le impuso su fundador Castellano el capitán Gaspar de Pacheco, en el año de 1544,  en conmemoración de la ciudad donde había nacido el Adelantado Don Francisco de Montejo padre. Después se llamó San Felipe de Bacalar y por último Bacalar, que es como figura eminentemente  en nuestra historia vernácula.

Bacalar fue un punto codiciado por los corsarios que infestaban la costa oriental de Yucatán, siempre indefensa porque el gobierno español no podía proporcionarla. Eran frecuentes las  irrupciones tremendas y violentas de los bucaneros que impensadamente caían sobre las poblaciones indígenas. Así sucumbió Bacalar  cuando fue invadida por un  corsario de nombre Abraham que se apoderó de todo lo que encontró en el recinto de la población, que mató a varios de sus habitantes y se llevó consigo a todas sus mujeres. Un capitán llamado Bartolomé Palomino salió en su busca, rescató a las mujeres después de haber tenido una batalla tremenda con los piratas y las devolvió a la población.

Un caballo de Cortés adorado

A principios del siglo siguiente (1616), en los relatos del  historiador Cogoyudo relativos a la pacificación de los Itzaes, la Villa de Salamanca figura unida al recuerdo de un suceso extraordinario:

Dos religiosos franciscanos, el padre Fray Bartolomé de Fuensalida y su compañero Fray Juan de Orbita, designados por el superior de la congregación a la que pertenecían, fueron comisionados para llevar la palabra evangélica  a los idólatras y salieron para la sierra dándose a conocer en Chunhuhub y llegando a Salamanca para principiar la conversión de los Itzaes. Desde allí solicitaron el permiso de su Caneck o rey para ponerse en comunicación con  ellos y convertirlos, mostrándoles los varios adoratorios que poseían enseñáronles uno en el que encontraron a un caballo modelado en barro: Era la imagen de una bestia semejante que Hernán Cortez a su paso por esa región, había abandonado por enferma. Los indígenas desde ese momento la idolatraron y en vez de dar al caballo hierbas propias de su alimentación le condimentaban guisos especiales y ensaladas que la bestia rehusaba hasta que al fin murió de inanición. Esta bestia fue llamada por los aborígenes Tziminchac o caballo de agua.

Diego el mulato invadió la población en 1642 y saqueó las casas apoderándose de cuanto encontró en ellas. En 1648 otro corsario a quien ya nos hemos referido, de nombre Abraham, invadió la villa situándose como su antecesor a corta distancia de ella. En 1652 el mismo pirata en revancha por la derrota que le había inferido el capitán Palomino vuelve a atacar a Salamanca dando muerte a aquel y desde ese momento no vuelve a figurar la Villa de Salamanca en el catálogo de las poblaciones yucatecas.

Otro relato sobre los orígenes de Belice

Y este es el momento oportuno en que debemos ocuparnos del origen de la colonia Británica que se llama Belice, porque ha sido el foco inexhausto de todo lo que se fraguó en contra de la península Yucateca, que entonces casi permanecía indefensa y se sostenía gracias al esfuerzo heroico de sus hijos.

He aquí el origen de esta colonia que tan trascendentemente ha influido en la vida de la Península Yucateca. Un bucanero escocés atrevido y emprendedor llamado Petter Wallace seducido por la fama de  las riquezas grandísimas que en aquellas extensiones atraían a los piratas recorrió la costa oriental de Yucatán a todo su largo, valido de la desolación que reinaba en ella a principios del siglo XVII. Con gran perspicacia de marino experto, recorrió el rio Hondo hasta que llegó a un punto en que la selva era propicia para la ocultación de los seres humanos y hasta de las mismas bestias y allí estableció un campamento armado con ochenta piratas que primeramente tuvo el nombre de Wallix y por último de Belice.

Este establecimiento de piratas fue ignorado por el gobierno Español hasta principios del siglo XVIII en que habiendo conocido su existencia ordenó al capitán general don Álvaro de Ribaguda practicar un reconocimiento a lo largo de la costa, y habiendo encontrado a aquellos filibusteros los desalojó de ese punto pero no dejó ningún destacamento ni lo fortificó, quedando por consiguiente siempre a merced de los piratas que hacían inesperadas irrupciones.

Relato del Album Monográfico
de Gabriel A. Menendez.

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