El fundador en 1898 de la ahora Ciudad Chetumal

Después de haber dejado al Gobernador Wilson y a su comitiva en tierra en el poblado de “Negros”, el Comandante Blanco continuó viaje por el rio a bordo del “Stanford” hasta Agua Blanca, último poblado mexicano del Rio Hondo al que podía llegarse navegando. En dicho poblado se puso al habla con el administrador de la compañía Stanford, Mr. Taylor, quien le facilitó cuantos informes le parecieron convenientes, habiéndosele proporcionado un buen caballo y un magnífico intérprete, pues el Comandante Blanco estaba resuelto a trasladarse a Santa Clara, Capital del Cantón de Icaiché, buscando una conferencia con los jefes mayas de la región.

El intérprete escogido por Mr. Taylor, muchacho leal, sagaz y desinteresado, al conocer los propósitos del Comandante Blanco se permitió aconsejar que no se aventurara en aquel paso, pues aunque conocía perfectamente bien las veredas y senderos que llevaban a Icaiché, y en esa población él era conocido por los jefes mayas, juzgaba muy expuesta la conducta del visitante, que podía ser víctima de un atentado por parte de los mayas. A pesar de todo el Comandante Blanco convenció al intérprete para que lo acompañara hasta Icaiché.

En espera del siguiente día, pues el jefe del Pontón llegó a Agua Blanca al caer la tarde, se dedicó a visitar el campamento de la Stanford, dándose cuenta de las condiciones del lugar, así como de las construcciones de madera que servían para oficinas y habitaciones  instaladas en una pequeña eminencia desde la que se dominaba gran parte del terreno circundante, así como muchas curvas del Rio Hondo. Durante la cena y a preguntas especiales, Mr. Taylor informó al Comandante Blanco  de que la compañía Stanford cubría a los jefes mayas de Icaiché la suma de ciento cincuenta pesos mensuales por concepto de arrendamiento de terrenos en los que aquella realizaba corte de maderas preciosas y la extracción de palo de tinte.

Durante el recorrido del campamento y habiéndose hecho acompañar por el intérprete, el Comandante Blanco se informó de los hábitos, leyes y costumbres de los mayas, sabiendo también que abrigaban temores de ser atacados por las fuerzas mexicanas que se estaban concentrando en el norte de Yucatán; así como que la presencia del señor Blanco en Icaiché podría originar actos que pusieran en peligro la vida, sobre todo si los indígenas se encontraban bajo la acción del alcohol, o el “Ixtabentún” mejor dicho, al que eran tan afectos, haciéndole saber también que en la Colonia Inglesa circulaban tales versiones desde hacía cerca de un año y que su llegada a la desembocadura del Rio Hondo les hacía corroborar esas noticias, y que por tales razones  insistía en que no hiciera el viaje hasta Icaiché.

A la mañana siguiente, muy temprano, y habiendo recorrido de nuevo el camino de quince millas abierto por la Stanford para el paso de sus tractores y de una vía de ferrocarril, cuya base o campamento estaba construida de chit, (palma silvestre,  que alcanza una altura de 15 y 18 metros, perfectamente derecha),  base usada para la extracción de palo de tinte y maderas preciosas. El Comandante Blanco interrogó a su intérprete a cerca del tiempo que tardarían en llegar a Icaiché. El intérprete le informó que serían  diez horas más o menos teniendo que avanzar por veredas muy angostas y que detenerse en una aguada, casi a mitad del camino, para hacer beber en ella a los animales y tomar ellos un refrigerio sobre las cabalgaduras.

Entonces el Comandante Blanco, consciente de su cometido y dispuesto a realizar su empresa o perecer en ella, convenció al intérprete para que continuasen el viaje hasta Icaiché, seguro de que tendrían éxito en su gestión pues ésta era en nombre del Gobierno de la República. Así pues, iniciaron la marcha resueltamente, ansiosos de ganar terreno antes de que la noche se les echara encima. Cerca del medio día llegaron al aguaje anunciado, empinados y adoloridos por la marcha incansable y la embestida de las plantas con púas que no podían evitar pues materialmente cerrábanles el paso. A las cinco de la tarde se internaron en el altísimo bosque secular abundante en caobas gigantescas y gruesos  cedros, ébano, huanacaxtle y otras maderas preciosas, ascendiendo penosamente por más de una hora una prolongada cuesta. Luego tras atravesar otra aguada, encontraron una entrada, cerrada por medio de unas trancas. El guía bajando de la cabalgadura dijo al Comandante Blanco que portaba un magnífico uniforme de gabardina y lucía botas federicas: Esta es mi Comandante la que podríamos llamar la primera puerta santa, diciendo esto retiro una a una las trancas y luego que ambos pasaron, volvió a colocarlas tal y como se encontraban. Habían entrado en una especie de callejón sin salida. La vegetación era tan cerrada que el Comandante Blanco no pudo menos que interrogar de nuevo a su guía: Por este camino no podría salirse ni un conejo. En caso de que tuviésemos que escapar, ¿conoces tu otro camino o vereda que nos evitaría tener que recorrer este mismo? Si mi Comandante, conozco otro pero por el rumbo de los Chenes. (Límites de Campeche con el Territorio).

A las seis horas y minutos de la tarde y después de haber franqueado una segunda puerta , el Comandante Blanco y su guía encontraron las primeras chozas de Santa Clara de Icaiché capital del Cantón del mismo nombre , distribuidas en grupos de tres o cuatro entre el monte y a la vera del camino.

Los perros, esos impertinentes pero seguros guardianes de nuestras aldeas, se encargaron de anunciar con sus constantes y penetrantes ladridos la llegada de los extraños cuanto temerarios visitantes. Después de recorrer más de un kilómetro el aspecto de las casas mejoró bastante, pues se encontraban enjalbegadas, aún entre recios matorrales, El camino empedrado daba la impresión de que se entraba a una gran ciudad. Por fin, una junto a otra, tres casas mejor presentadas; la iglesia y, probablemente de los jefes. Y en prolongación de estas, unos cobertizos o galerones, cuarteles de la tropa indígena.

Los expedicionistas desmontaron. El intérprete interrogó. Dirigióse a una de las casas mejor presentadas y diciendo algunas frases en el idioma nativo presentó al Comandante Blanco con una señora indígena, de esbelto cuerpo y de mirar penetrante: era la esposa del general Anselmo Tamay, jefe en aquella época del Cantón de Icaiché, ausente en aquellos momentos.

El intérprete expreso a la señora Tamay que el Comandante Blanco, jefe del Pontón “Chetumal”, iba con el objeto de hacer una visita, en nombre del Gobierno de México, al jefe y habitantes de Cantón; y que como ni este ni sus segundos se encontraban presentes le rogaba le indicara si podría aguardarlo.

La señora, tipo de mujer que sobresalía extraordinariamente tanto entre las mujeres como en los hombres mayas,  expresó al intérprete que su esposo, el Tatich, había salido para el Rio Hondo hacía unos tres o cuatro días; que enviaría un emisario para que se le avisara, en tanto podrían aguardarlo.  Al efecto dispuso que se le diera como alojamiento una pequeña choza que solo tenía cubierta una parte del techo situada estratégicamente, pues desde ella el Comandante Blanco podía observar lo que ocurría en los contornos, Mientras el intérprete desensillaba a los animales, el señor Blanco colgó una hamaca (que entre otros objetos llevaba consigo)  en las maderas de su improvisad habitación, dispuesto a echar un sueño pues no había dormido ni descansado la noche anterior ni todo aquel  día en que la fatiga había sido prolongada. Pocos minutos después comenzaron a llegar a la “residencia” del Comandante Blanco algunos visitantes indígenas que se le sentaron a ambos lados de la hamaca, rodeándolo y tratando de inquirir sobre los motivos de su viaje. El señor Blanco, que solo conocía unas palabras en maya, el saludo por ejemplo, tuvo aquí que aguardar la llegada del intérprete para explicar a aquellos inoportunos lo que deseaban, suplicándoles, atentamente, lo dejasen en paz. Aquellos insistían exigiendo que el Comandante les diera “algo de tomar”, licores, y solo cuando el intérprete se dirigió de nuevo a la generala, y esta pronunció casi un discurso, los extrañados indios dejaron al Comandante en paz. Como obsequio la señora de Tamay envió al Comandante un balde de agua de lluvia, recién captada de los techos pajizos, con considerable cantidad de gusarapos, tierra, etc., además de participarle que conforme a sus deseos, ya había ordenado se prohibiera la venta de alcohol, en prevención de cualquier desorden, en tanto llegaba su esposo el cacique.

El Comandante Blanco y su guía, tras tomar uno sorbos de café con leche, trataron de reposar, no habiéndolo conseguido, pues minuto  a minuto hacían interrupción en la choza, cerdos, cabras y borregos que buscaban ansiosamente en el equipaje algo que comer, entrando y saliendo libremente y causando el sobresalto e inquietud constantes de nuestros viajeros. Por fin al clarear de la aurora, a las cuatro y minutos de la madrugada, el Comandante púsose en pié de un salto y, en tanto el compañero se disponía a preparar el desayuno, él se dirigió a los locales cercanos deseoso de conocerlos. En el que servía de iglesia, vacío a esas horas, vio a un Cristo semejante al de las ampollas, a cuyo pié ardían dos cirios. En el galerón pajizo, de 25 a 30 metros de largo, por cuya puerta central penetró, observó que se trataba de un cuartel, pues había tableros para armas, en los que se hallaban varias escopetas. En las hamacas que eran 75 u 80, se encontraban acostados unos individuos que más bien parecían enfermos que soldados. La presencia del Comandante no les fue grata pues éste observó que aquellos lo miraban con cierto malestar, que se singularizó cuando, al ver en algunos de ellos algunas llagas, condolido de aquel espectáculo pretendió aplicarles algún remedio. Casi frente a ese galerón se encontraba otro semejante, que tenía el mismo objeto.

El Comandante Blanco continuó su recorrido por Santa Clara, llegando a un aguaje cercano, en el que los moradores, lo mismo que los animales, tomaban de la misma manera el agua estancada y casi putrefacta, cubierta en muchos sitios de lama. Hora y media después, junto con su guía e intérprete tomaba el desayuno, expresando a éste que si hasta las diez horas no llegaba el Tatich Tamay, regresaríanse por donde habían venido, y para no llamar la atención, prefirió el guía ensillar a las bestias cerca del abrevadero; pero al volver al sitio en que se encontraba el Comandante fueron apareciendo, por todas partes, como surgidos de la tierra y de los árboles numerosos indígenas que rodearon a ambos amenazadoramente, estrechándolos más y más. Eran más de 150 hombres, casi todos armados de escopetas y machetes. El Comandante Blanco, sin perder la serenidad, indicó a su intérprete que pregunta el porqué de aquella actitud, a lo que le respondió el que hacía de jefe de aquella turba: que no podían marcharse pues eran sus prisioneros y que luego que llegase el Tatich, éste resolvería lo debía hacerse con ellos. El Comandante Blanco, siempre ecuánime y sereno, abrióse paso entre la multitud y dirigióse al local que ocupaba la generala, indicándole al intérprete explicase que iban a hablar con ella para ver si les vendía algunas tortillas o totopostes. El intérprete habló entonces en lengua maya por espacio de varios minutos y después se dirigió a donde el Comandante se encontraba, ya junto a la generala, la que había enviado a una segunda comisión a entrevistar al Tatich y que de un momento a otro tendrían noticia de él, indicando así mismo al intérprete, que se esperaran para evitar algún atentado, y dirigiéndose a la multitud, que todos se mantuvieran tranquilos hasta la llegada del general Tamay quien resolvería que debería hacerse. Así se conjuró aquel peligro. Pasado las once del día el Comandante Blanco recibió aviso de que el cacique Tamay había llegado, que iba a tomar un baño y luego lo recibiría. Poco después de las doce era llamado a la presencia de aquel, quien lo recibió en una de las viviendas, como en un consejo de guerra.

Reunidos Tamay y sus principales en semicírculo, hicieron sentar al Comandante Blanco y a su guía e intérprete en el centro, en dos banquillos de caoba, junto a una pequeña mesa. Cerca de Tamay estaba su mujer.

El aspecto interior de la habitación, consistente de una sola pieza de unos cuatro por seis metros, era modestísimo tal como el de la mayor parte de las viviendas indígenas mayas y daba acceso a uno de los galerones o cuarteles. En cada uno de los ángulos de la pieza había nidos de gallinas. Al centro una amplia hamaca suspendida y arrollada y al pie de ella,  en  una estaca, un lechoncillo de buena raza. El Comandante Blanco y su acompañante, sentados al centro, en los banquillo de caoba, fueron invitados a exponer el motivo de su visita. Antes hacerlo, el señor Blanco extrajo de su schalbeg, (corrupción shot-bag), un par de botellas de whisky y coñac como obsequio para el Tatich. Después de saludar a este y a los demás jefes, por medio del intérprete hizo saber el objeto de su visita, el tiempo que hacía de haber fondeado el Pontón en la Bahía de Chetumal y la recomendación que le había sido hecha por parte del Gobierno de la República para hacerles una visita de buena amistad. El propósito del Gobierno Federal para ayudarlos eficazmente, así como para establecer, en este u otro lugar que indicaran, una “Escuela Mixta” que educara a sus hijos.

Tanto el General Tamay como sus lugartenientes escucharon con toda atención las palabras del Comandante Blanco y después de agradecerle la visita el General Tamay le expresó que hacía años el Gobierno de Campeche les había estado enviando comisiones con el fin de que los mayas no atacaran a los ingleses que se dedicaban al corte de maderas y a la apertura de caminos dentro de sus dominios (de los mayas) y que los ingleses decían pertenecerles, pues que habían venido invadiendo poco a poco los terrenos que, por sus antepasados, sabían perfectamente que eran de su exclusiva pertenencia. Las luchas que hemos tenido con los ingleses, expreso textualmente  el General Tamay, según memoria del Comandante Blanco, han sido porque no les hemos permitido internarse más en nuestro suelo. Seguidamente el Tatich hizo saber al señor Blanco que estaban en la más absoluta libertad, porque todos ellos estaban convencidos por las exploraciones que se habían hecho en los contornos, de que habían ido sin tropa alguna, señal de que lo habían hecho lealmente; y que sabían desde hacía meses que el Gobierno del Centro estaba enviando tropas a Yucatán con el objeto de batirlos y apoderarse de sus tierras. El Comandante Blanco les aseguró, bajo palabra de honor, que las tropas que se reconcentraban en Yucatán no los hostilizarían en lo más mínimo, ni les arrebatarían sus legítimas pertenencias , debiendo hacerse constar, porque es la verdad, de que esas tropas al ocupar Sombrerete en la Bahía de Chetumal, y Xcalak, en el Caribe, para seguridad de los trabajos de apertura del Canal Nacional y comienzo de las obras del puerto mencionado (Xcalak), no hicieron el menor daño a los mayas, mucho menos a los pobladores de Icaiché.

Terminada esta exposición el Comandante Blanco y su guía trataron de retirarse, pero el General Tamay les invitó a tomar el almuerzo, comida regional espléndida que les fue servida al instante, obsequiándoseles con una taza de atole nuevo, rica bebida yucateca elaborada con maiz tierno, que el Comandante Blanco repitió, provocando la hilaridad de los mayas, quienes comprendieron que se trataba de un hombre, sano, bien intencionado y lleno de sinceridad.

Detalle curioso fue que solo los visitantes comían, a lo que el Comandante Blanco expreso su extrañeza, respondiéndosele que era costumbre entre los mayas atender primero a sus visitantes. Como el Comandante Blanco hiciera invitar al General Tamay y a su Estado Mayor para trasladarse a la Bahía de Chetumal y visitar el Pontón, el aludido jefe rogó a su vez al señor Blanco que volviera a visitarlos en mayo, con motivo de ciertas fiestas tradicionales que celebrarían entonces.

Antes de partir el jefe del Pontón recetó una medicación casera a un enfermo de consunción, recomendando se le tuviera bien abrigado.

El General Tamay designó una escolta que acompañó al Comandante Blanco hasta Agua Blanca, y así fue como un hombre resuelto, honrado y valiente, llevó en nombre de la República, la paz al corazón desconfiado de los mayas de Icaiché, algunos de los cuales fueron traídos de paseo a México por el Comandante Blanco, quien de esa manera selló su pacto de amistad con los indios mayas.

Del Álbum Monográfico

de Don Gabriel Antonio Menéndez

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