Casi dos años después de haberse firmado en la ciudad de México el Tratado de Límites entre Gran Bretaña con nuestro país, esto es en junio de 1895, el entonces oficial hoy contralmirante de la Armada Nacional don Othón P. Blanco fue comisionado por el Gobierno Federal para trasladarse a la bahía de “Chetemal” o “Chetumal” y construir un fuerte frente a Punta Calentura, e impedir que los contrabandistas que infestaban estos lugares continuaran explotando ilegalmente nuestros bosques, así como que los colonos ingleses siguieran armando a nuestro indios mayas rebelados todavía contra las autoridades de la República.

El señor Blanco que se encontraba en la bahía de Guaymas, Sonora, como oficial a bordo de la corbeta escuela “General Ignacio Zaragoza, fue llamado a la capital de la República para el desempeño de aquella comisión. Una vez en la ciudad de México, a fines de 1895, recibió directamente de manos del Jefe de Estado Mayor de la Presidencia de la República, Comodoro después almirante  don Ángel Ortiz Monasterio, la comisión de que construyese un fuerte en la bahía de Chetumal  frente a Punta Calentura; más el oficial Blanco, tras meditar de meditar detenida y concienzudamente , inspiró la idea,  que fue aprobada más tarde, de construir una embarcación apropiada que,  situándose en la desembocadura del Rio Hondo, hiciese respetar las leyes de la República, en aquella apartada región mexicana.

No un fuerte, sino un pontón.

Como la proyectada nave debía servir de asiento a una Sección Aduanera de nueva creación en aguas de la bahía de Chetumal se encomendó a la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, todo lo relativo a la construcción de la obra aprobada,  que debería de realizarse en el puerto de Nueva Orleans, Luisiana, de acuerdo con el croquis y las especificaciones  que en términos generales, dijo  el comandante Blanco, quién sin perder su carácter de oficial de la Armada  Nacional, fue comisionado temporalmente, por acuerdo presidencial,  como administrador Comandante del pontón “Chetumal”.

El cónsul general de México en Nueva Orleans, señor don Manuel Gutiérrez Zamora,  fue quien contrató la construcción de la nave con el constructor Zuvich, de aquel puerto, comenzándose pocas semanas  más los trabajos relativos en un lugar de la ribera izquierda del Misisipi, próximo  a la Universidad y al parque “Anduvón”.

Según las especificaciones la embarcación debía ser de madera y de las dimensiones siguientes: eslora entre perpendiculares 66 pies; Manga en la cuaderna maestra 24 pies; puntal  12 pies; calado medio con treinta toneladas 2 y medio pies.

El señor Cónsul Gutiérrez falleció poco tiempo después  de iniciada la obra, siendo designado en su lugar, el señor don José Jacinto Jiménez. Este suceso al que se sumó días después la quiebra del Banco de Luisiana, donde el constructor Zurvich tenía todos los fondos que garantizaban la construcción del “Chetumal”, dieron por resultado algunas demoras,  prolongándose el plazo de entrega, con la anuencia de nuestro gobierno,  por un mes; originando esta concesión el que la compañía fiadora del contratista, lo eximiera de hacer entrega de una parte del menaje y equipo de los departamentos del pontón.

El Pontón Chetumal

De Nuevo Orleans a Campeche.

Por fin, concluida la construcción de la nave, ésta fue remolcada hasta el puerto de Campeche, donde el oficial Blanco aguardaba órdenes. Allí le fue entregado oficialmente el “Potón Chetumal”, saliendo el día 6 de octubre de 1897 rumbo a Progreso, remolcado por el vapor “Ibero”.

Los indios mayas todavía infundían pánico.

El negro historial de  que se había rodeado el sitio de final destino del pontón Chetumal, la bahía del mismo nombre, región Yucateca en la que tantos millares de vidas se habían sacrificado durante los largos y dolorosos años de la guerra social, cuyo recuerdo pavoroso estaba tan fresco en la memoria de los habitantes de la península,  hizo dificultoso el contrato de gente de mar que se arriesgase a la nueva aventura, pues circuló el rumor que hacía desconfiado el  ánimo de los más fuertes, de que una vez llegado el pontón a la entrada el Rio Hondo, sería destruido y sacrificado su personal por los indios mayas.

De Progreso a Isla Mujeres.

A pesar de todo, el comandante Blanco, marino intrépido, y soldado de corazón bien puesto,  zarpó de Progreso rumbo a Isla Mujeres, una vez que hubo completado a 13 el número  de su personal, rellenando de agua potable los tanques del pontón y refrescado los víveres, obteniendo del entonces Administrador de la Aduana de  Progres, señor Seferino Romero, como obsequio,  un ejemplar de la Ordenanza General de Aduanas.

La travesía de Progreso a Isla Mujeres se hizo sin contratiempo alguno por el término de dos días.  Antes de zarpar de dicha isla rumbo a la de Cozumel, embarcaron en el Ibero los señores Nicolás Martínez, empleado aduanal, y Joaquín Palau, representante de una negociación comercial y persona bien relacionada en la Colonia de Belice, con objeto de allanar cualesquiera dificultades que por motivos de su despacho o documentación pudiese sufrir el “Ibero” ante las autoridades marítimas de aquel puerto.

De Cozumel al puerto de Belice.

Pasados algunos contratiempo en la travesía de la Isla de Cozumel al puerto de Belice por efectos de  la fuerte mar que se dejó sentir y que provocó repetidas veces la ruptura de los cables de remolque, quedando el pontón al garete y expuesto a los mayores peligros, dada la proximidad de los numerosos arrecifes que bordeaban la costa del Caribe, llegaron “El Ibero” y su remolque a Belice, en los primeros días de diciembre , donde después de las visitas de Sanidad y Resguardo, quedaron ambas embarcaciones a libre plática, o sea en condiciones de establecer comunicación con la población.

El comandante Blanco, antes de visitar a las autoridades de  la Colonia, recibió a bordo del Pontón la vista del estimable caballero don José Rosado, vecino de Belice, a quien había conocido en el puerto de Nueva Orleans. El señor Rosado, persona muy respetable y estimada en todos los círculos de la Colonia, era hijo de Bacalar y uno de los raros  sobrevivientes del saqueo  y la matanza que en 1858 sufrió aquella próspera y rica Villa, escapando de ser muerto gracias a la astucia  desplegada por su nodriza o nana, que era esposa de uno de los jefes indios que asaltaron Bacalar.

El señor Rosado, sabedor de la comisión que se le había conferido al comandante Blanco, púsose incondicionalmente a sus órdenes y le sirvió de interprete en las continuadas e interesantes entrevistas que luego celebro con el Gobernador de la Colonia, coronel Wilson, veterano del ejército inglés.

Hábil y atinada gestión del comandante3 Blanco.

Prolijo sería referir en detalle la hábil y juiciosa actuación del comandante Blanco ante las altas autoridades inglesas de la Colonia, entre  las que se encontraban presentes el Gobernador Wilson, el Secretario Colonial el abogado Mr. Maxwell, Delegado de la Corona inglesa y Mr. Picwood, Delegado y Magistrado del Distrito Norte de la Colonia a quienes hizo saber de manera cortés y delicada, pero también terminante, la comisión que le había conferido el Gobierno de México, expresando, además,  que tenía el propósito de conservar las mejores relaciones entre los gobiernos de Honduras Británica y el de nuestro país.

En los momentos de despedirse, el gobernador Wilson le expresó que deseaba sostener nueva entrevista con él, para conocer, antes de marcharse al desempeño de su comisión,  las disposiciones del Gobierno de México respecto del tráfico de las embarcaciones inglesas mercantes en aguas mexicanas del Rio Hondo. El Gobernador  estimaba de urgente necesidad darles a conocer, por medio del órgano oficial y de la prensa local,  a los súbditos de la Corona en la Colonia, y particularmente al comercio, armadores, capitanes y patrones de barcos, con la oportunidad posible.  Su intención, dijo el Gobernador,  era  evitar dificultades con la oficina federal de nueva creación que iba a establecerse bajo el cuidado y dirección del comandante Blanco en aguas mexicanas. Explicó también el Gobernador  que no contaba en la Colonia con representación alguna por parte de nuestro país.  La respuesta del comandante Blanco fue en el sentido de que se encontraba en la mejor disposición  de dar a conocer amplia y debidamente los ordenamientos de la legislación aduanal mexicana al respecto, así como la forma en que obraría nuestra Sección Aduanera,  a fin de cumplir siempre con su deber,  evitando moratorias innecesarias en el tráfico regular.

Creían que el Rio Hondo era solo de Belice.

Sucesivamente  tuvieron realización otras entrevistas entre el comandante Blanco y las altas autoridades inglesas, participando en ellas , además de los elementos citados antes, otro abogado inglés,  Mr. Price. En la segunda de dichas conferencias el señor Blanco presentó tan importante tesis que el Gobernador Wilson sorprendido preguntó al comandante Blanco: ¿Ha estado usted alguna vez en la desembocadura del Rio Hondo?  No, excelencia, respondió al punto el comandante Blanco, pero fiado en la exactitud de las cartas náuticas inglesas, he trazado sobre la que conservo, en mi poder, las líneas que de acuerdo con el artículo tercero adicional del Tratado de límites, entre México y la Colonia de Honduras Británica, forman el límite entre ambos Estados;  y, como se ve, el paralelo que de conformidad con la latitud, debe encontrar la desembocadura del Rio Hondo,  indica, prolongándolo hasta encontrar el canal más profundo que el paralelo pasa por encima de los cayos de la desembocadura,  esto es, por tierra y desviando el canal, hacia una pequeña ensenada en aguas mexicanas, en estas quedaría como antes dije, la Sección Aduanera de Chetumal, a bordo del Pontón.

El comandante Blanco, que hablaba por conducto del intérprete, señor Rosado,  enseñaba al mismo tiempo la carta hidrográfica inglesa a que había hecho referencia. Tal exposición formulada poco más o menos como se transcribe, pareció producir en el ánimo de las personas que escuchaban, incluso en el

Gobernador Wilson, cierta contrariedad, concretándose su excelencia a expresar al comandante Blanco, “que iba procederse por parte del Gobierno Colonial al estudio de aquella documentación y que se harían de su conocimiento las observaciones del caso, dentro del mejor espíritu de las relaciones ya existentes”.

En tanto se celebraba nueva junta, el comandante Blanco asistió a varios festejos que se ofrecieron el Belice con motivo de Navidad, siendo objeto de finos agasajos de parte del Gobernador Wilson y su señora esposa, a los que correspondió ofreciéndoles un té, a bordo del Pontón.

El Comercio Beliceño Inconforme.

el presidete de la compañía Stanford, Mr. Skedy, negociación que gozaba de las concesiones para la explotación del palo de tinte, en nuestros bosques, facilitó al comandante Blanco el vapor “Stanford” de dicha compañía para que se encargara del remolque del Pontón Chetumal hasta la desembocadura del Rio Hondo, informándole, así mismo,  que era difícil obtener en aquellos días esa facilidad, por el estado de ánimo que prevalecía en la mayor parte del comercio de la población. El  comandante Blanco agradecido acepto aquella oferta que le resolvía un problema serio:  El traslado del “Chetumal” a su final destino; al mismo tiempo el Pontón fue subido a la grada, limpiándosele los fondos y reparándosele una plancha de cobre de estos, que se había desclavado por efecto del continuo  zapateo del viaje desde Nueva Orleans.

Por fin los puntos sostenidos por el comandante Blanco fueron publicados en el periódico oficial de la Colonia, afirmándose,  de esta suerte, la ventajosa y clara situación lograda por medio de sus hábiles gestiones. Ya La Colonia Inglesa de Belice sabía, de manera oficial,  cuales eran sus derechos y cuales los de México en aquella disputa que a pesar de todos los Tratados,  parecía no tener fin. No solo el Territorio de Quintana Roo, sino la nación entera deben reconocimiento por tan brillante hecho al hoy contralmirante don Othón. P. Blanco.

Fundación de Payo Obispo.

El 21 de enero de 1898 el comandante Blanco hizo una visita de despedida a las autoridades coloniales , habiendo zarpado del puerto de Belice a las cinco de la mañana del siguiente día 22 a remolque del vapor “Stanford” para anclar a las tres y media de la tarde, de ese mismo día, en las aguas mexicanas, cerca de la desembocadura del Rio Hondo y cerca del sitio llamado por los indios “Cayo  obispo” donde poco después, el comandante Blanco y sus valientes compañeros, sin desatender el tráfico, trabajaron intensamente en el desmonte y limpia de la porción del bosque que se encontraba más inmediata al pontón dejando una cortina de árboles de diez metros hacia la playa para evitar que quienes traficaban por los alrededores  se dieran cuenta de los trabajos, así como para repeler, en caso necesario, un posible ataque por parte de los indios.

Las circunstancias que concurrían en aquella apartada región, carente en absoluto de comunicaciones con el resto del país; sin otra representación oficial ante las autoridades de la Colonia, que la que asumía el Establecimiento Aduanal,  de nueva creación a bordo del Pontón Chetumal, y el espíritu poco propicio de una gran parte del comercio que veía en el Pontón un “Hasta aquí” en el tráfico clandestino  de maderas preciosas y gomas y resinas extraídas de México, a cambio de sal, mantas, escopetas , municiones y pólvora que aquel proporcionaba a los jefes indios en cantidades irrisorias urgieron al comandante Blanco a pedir del Gobierno de la República la designación de un representante del Gobierno de México en Belice, cargo que aunque existió el siglo pasado, fue desatendido o suprimido hacia 1880.

Para dar una idea de la manera en que se encontraba aquella corta fuerza expedicionaria, baste citar el hecho de que para comunicarse por cable con la capital de la República había que envíar una embarcación a alguno de los puertos importantes de la República de Honduras,  o de la de Guatemala y por correo, usando la vía de Belice, la comunicación implicaba una demoraba de dos meses, cuando menos.

Tan pronto como se logró despejar , tierra adentro, una superficie de casi tres hectáreas, el comandante Blanco, personalmente y ayudado de manera eficaz de los yucatecos don Pedro Rosado y don Olegario Romero que radicaban en Corozal, Honduras Británica, decidió una labor de atracción de nuestros compatriotas radicados en la Colonia Inglesa desde hacía muchos años ofreciendo distribuir y distribuyendo los primeros lotes para levantar los cimientos fundadores de la nueva población, en lo que entonces se designaba “Cayo Obispo”, título que no tiene ninguna justificación a pesar de todas la leyendas bordadas al respecto.

Así se levantó la modesta ciudad de “Payo Obispo”, hoy ciudad “Chetumal” y capital del Territorio Federal de Quintana Roo, llamada a ser una gran población, no solo por la laboriosidad  y espíritu de sacrificio de sus hijos, sino que colocada en lugar privilegiado por Natura tiene al alcance de la mano, y acaso en las entrañas, todas las  riquezas imaginables.

 

 

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