Hoy quiero referirme, entre otras cosas, a la reciente función de box del pasado sábado  en las instalaciones del Centro de Convenciones, y a la gran promoción a nivel nacional que los comentaristas de Televisa, como antesala a esta importante función, dieron a nuestra ciudad de Chetumal, describiéndola  como bonita, moderna, tranquila y resaltando el hecho de ser cuna del mestizaje y estar enclavada  en la costa oriente de la península, frontera sur de México en el Caribe Mexicano. Fueron términos muy elogiosos para una ciudad que cincuenta años atrás era completamente desconocida en toda la República.

 Este hecho, como Chetumaleños de buena cepa, no puede menos que enorgullecernos y llenarnos de satisfacción, además de  llevarnos a recordar aquellos tiempos cuando decir que éramos nativos o veníamos de Chetumal, implicaba tener que hacer una serie de explicaciones y referencias, no muy agradables para nosotros, porque nuestra ciudad no se conocía en el contexto de las capitales de la República.

Aún hoy, muchos lugareños o habitantes de Chetumal, indebidamente a mi juicio,  al referirse a su ciudad  lo hacen en segundo término diciendo que es  una ciudad cercana al centro turístico de Cancún,  o en otros casos  cuando salen fuera del estado, ante el temor de no ser ubicados  nacional o internacionalmente, simplemente dicen que vienen de Cancún.

Esta es una costumbre o actitud que viene de antaño que no  debemos continuar. Quien si no nosotros  debemos de ser los primeros promotores de las bellezas de nuestra ciudad, de su ubicación excepcional, de su envidiable tranquilidad, de su clima, de su bahía, de su Laguna de Bacalar, de sus zonas arqueológicas, del trazado de sus calles y de ese gran atractivo que los visitantes venidos de fuera tanto ponderan.

En una ocasión, estando en el extranjero en una gran urbe muy alejada del país, me topé con una persona que me preguntó desde donde venía. Con una buena carga de ese  temor  que anteriormente referí le contesté que venía de Chetumal y como referencias le dije que se ubicaba en México, en el  Estado de Quintana Roo,  en la Península de Yucatán, en el Mar Caribe y en la frontera sur de nuestro país con Belice y Guatemala.

Para mi sorpresa la persona me contestó: Ahh Chetumal, bella ciudad yo ya estuve allí; en su ciudad se respira tranquilidad, la brisa del mar y la gente se conoce y se saluda con calidez, que lindo es eso.  Usted, me dijo esa persona,  acostumbrado a esa vida debe sentir la gran diferencia con esta gran urbe donde la vida es agitada, peligrosa y se vive en una constante prisa. Esa respuesta me hizo reflexionar y desde ese entonces, cuando se me pregunta  “digo con orgullo de donde vengo y pongo por delante el nombre de  Chetumal”.

Volviendo a la gran función de box del Centro de Convenciones cuya cartelera la encabezó “El Yeyo Thompson”, nuestra actual  máxima figura del boxeo local, la misma me hace remontarme a la época de la arena de box de Don Doroteo García, aquella arena situada en la calle Plutarco Elías Calles, entre la Avenida Héroes y la Avenida Juárez, donde posteriormente se instaló el famoso Bar Yoly, de gratos recuerdos para algunos  asiduos consumidores de de ese lugar. La arena estaba en un terreno grande con un ring al centro y gradas hechas de palos y maderas alrededor; al frente estaba la entrada con la taquilla y un portón,  y al fondo los camerinos de los boxeadores. Fue un pintoresco lugar de los años sesentas y setentas  que vino a sustituir a la anterior arena de Don Nicho Ramírez, la cual estaba ubicada en la equina noreste de la avenida Álvaro Obregón con Cinco de Mayo, contra esquina del ahora restaurante de Sergio Pizas. Esta antigua arena de boxeo  funcionó mucho tiempo hasta ser destruida por el Huracán Janet en 1955.

En ese tiempo la comisión de Box  la formaban los señores: don Relindo Erales Abdelnur, don Arturo Aguilar Sánchez, don Doroteo García,  El famoso Baby Chan o Chan Macó, y otros  que no recuerdo. Estos señores a la vez que formaban parte de la comisión fungían también como tomador de tiempo  campanero, jueces y réferi. Si bien “El Baby Chan” referiaba algunas peleas sobre el ring, al que más recuerdo en ese puesto es al famoso “Polo Basura”, personaje singular de aquellos años, muy conocido por toda la comarca porque  era quien, manejando el camión recolector, recorría la ciudad casa por casa recogiendo la basura.

 “Se decía que Polo  era el que más sabía de la basura y por consecuencia de los trapos sucios de todos en la ciudad”. Entre la fanaticada de las funciones de box había siempre un personaje inolvidable que merece especial mención: el de “Doña Ponza”, esposa del “Masisuco” uno de los primeros taxistas que desde los años 40s  se desempeñaba como tal en Chetumal. El grito de “Doña Ponza” desde las gradas era el ingrediente de animación obligado de aquel ambiente de  parroquianos, ávido de fuertes emociones, que sábado a sábado se daba cita en la función de box.

Las improvisadas y rústicas gradas nunca ofrecieron seguridad a la gran cantidad de aficionados que soportaban, y los fanáticos  en su euforia desbordada, unas veces abucheado y otras animando, en un constante pararse y sentarse hacían mecer el entarimado peligrosamente, al punto de que en una ocasión las gradas se vinieron al suelo sin que  afortunadamente nadie muriera en el incidente, aunque sí, muchos salieron severamente lesionados.

En otra ocasión en medio de la desbordada algarabía de la fanaticada, durante un combate, desde las gradas un parroquiano lanzó un objeto de gran tamaño al ring con la desafortunada suerte que dicho objeto golpeó en la cabeza al réferi que era el buen  “Polo Basura”, quien cuan largo y voluminoso como era, quedó noqueado y tendido sin conocimiento sobre la lona del ring,  mientras todos, boxeadores, jueces, entrenadores y el médico del ring se afanaban  en hacerle recobrar el sentido.

Otra anécdota simpática fue cuando un parroquiano le jugó una pesada broma a don  Erlindo Erales que era el tomador de tiempo y campanero, quien desempeñaba su función sentado en una silla a un costado del cuadrilátero. Aquel parroquiano sigilosamente pasó y se llevó el martillo con el que él golpeaba la campana. En el fragor y la animación del combate llegó el momento de concluir el raund. Don Erlindo, desesperado, quiso tomar su martillo y al no encontrarlo buscaba con angustia cualquier objeto para hacer sonar la plancha de acero que servía  de campana.  Mientras esto sucedía, la multitud desde las gradas protestaba y el ladrón del martillo carcajeaba. Finalmente don Erlindo se quitó un zapato para con el golpear la campana y dar por terminado el chusco incidente.

“Kid Nacional”, un hombre corpulento  de color,  era el manejador de la cuadra de los boxeadores del patio entre los que la máxima figura era el famoso “Joe Celis”, campeón del sureste y sargento del 55 batallón de infantería. Entre otras  estrellas de la época recuerdo a Tony del Cayo, El Marro, Kid Gavilán García, El Zurdo Castillo, Liu Chain, Kid Gaviota, Freddy Noble, Kid Zopilote y Kid Chocolate. En las peleas preliminares recuerdo a boxeadores como: El Zurdo Ramón, El Ratón, Freddy Noble,  Petter Vega, Gallito Flores, Kid Zopilote, El Chuso Leal, Mario Zarate, Armando El Pájaro García, y por último recuerdo a Kid Anatolio de quien hare mención especial en el siguiente relato.

El buen Anatolio era un boxeador que forzado por la necesidad y el hambre se había dedicado al rudo oficio del boxeo. Anteriormente había sido  soldado, luego cabo de la policía y al final andaba de triciclero haciendo fletes. En su tiempo como policía preventivo Anatolio  fue muy malo con mucha gente, especialmente con los indefensos y temerosos chamacos, esos chamacos que ahora de jóvenes se habían vuelto boxeadores.  Me cuenta uno de ellos que él se metió de boxeador únicamente para vengarse de Anatolio, porque en una ocasión, cuando tenía como 15 años vendía  pan en su triciclo y Anatolio se le acercó, le hizo destapar su globo, le rompió todos sus panes, comió y se fue sin pagarle.

Aquel panadero, dada la cercanía de su casa con la arena, se había enterado que el buen Anatolio entrenaba en el gimnasio de la arena de don Doroteo. Se dirigió al Kid, entrenador del gimnasio, y le solicitó entrenar,  pues quería ser boxeador. El Kid no tuvo objeción y desde ese momento aquel chamaco, convertido en hombre, entrenaba con empeño pensando  en el día de enfrentarse y cobrar venganza del que se había convertido en su más odiado enemigo.

Como en el caso de Mohamed Alí, cuando en la cartelera aparecía el nombre de “Kid Anatolio”, aunque fuera una pelea preliminar o de relleno a la estelar,  muchísima  gente iba a la función solo por verlo perder. Tal era la animosidad que la personalidad de Anatolio despertaba.

Finalmente el día de la Pelea de Kid Anatolio contra el joven panadero llegó. Desde que los peleadores aparecieron en escena sobre el ring los abucheos y gritos desde las gradas  en contra de “Kid Anatolio” comenzaron y no pararon durante todo el combate. Era un público enardecido, burlesco y cruel que  me hizo recordar  la poesía de Víctor Hugo,  “Guerra Civil”, cuando dice: “La multitud, embravecida y fiera, gritando cual indómita pantera  enronquecida aullaba: Muera, muera el traidor, perezca el Miserable”.

Cuando la pelea terminó daba tristeza ver la imagen de Anatolio. Era la imagen de un hombre derrotado con el rostro tumefacto y sangrante,  que además de la tremenda golpiza que sin piedad le había propinado  “El panadero”, había sido humillado en grado extremo, tanto por su oponente sobre el ring  como por la gente desde las tribunas.

Esa noche la vida le había dado una tremenda lección a Anatolio, y también había dejado a todos los presentes y a la posteridad una tremenda enseñanza que hoy cobra actualidad: “Cuando tengas  los medios y el poder, no te envanezcas pensando que son eternos, úsalos para congraciarte y no para ganarte el repudio de tu gente”. . .

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