Cuando observó a las parejas de matrimonios jóvenes de ahora no puedo dejar de retrotraerme a recordar mi juventud, mi soltería, los inicios de mi matrimonio, mis épocas de recién casado y mis épocas de padre con hijos pequeños.

Me casé a los 22 y mi esposa a los 18, era el año de las olimpiadas de 1968 y el año también en que la señal de televisión comenzó a llegar vía microondas a la ciudad. La televisión no era abierta para la ciudad y sólo llegaba su señal a la repetidora. Para que el pueblo pudiera ver los juegos se tendió un cable desde la estación de microondas, sobre la Lázaro Cárdenas con Cinco de Mayo, hasta el kiosco del parque Hidalgo.

En el kiosco se pusieron televisores para el público. Reunidos en montón en el parque fue donde vimos ganar la primera medalla de plata en caminata al legendario Sargento Pedraza. Así fue también como vimos con júbilo ganar la medalla de oro al Tibio Muñoz en la prueba de 200 metros de nado de pecho. Tiempos aquellos. Con la televisión nos llegó la modernidad, esa modernidad que tanto nos daría y que también con tantas costumbres acabaría. Una de las más bonitas costumbres de los 60s era ir al cine Ávila Camacho los domingos, entrar a la función de las 6.30 de la tarde y salir a dar vueltas al parque. Los hombres en un sentido y las mujeres en sentido contrario. Si tenías novia la acompañabas,  si no, te unías con los cuates y caminabas saludando a las amigas con quien te cruzarás. La siguiente función del cine comenzaba a las nueve y muchos solo caminaban media hora y entraban a las películas de la noche. Ese era un ritual semanal obligado que duraba alrededor de una hora y congregaba a la sociedad.

Las vueltas al parque era el punto de encuentro obligado de los jóvenes, donde lo mismo comentábamos las incidencias de nuestros partidos de ese domingo, que hablábamos de las tareas de la escuela del día siguiente, cortejábamos y socializábamos, mientras escuchábamos a la banda de música de la policía que nos deleitaba con sus mejores piezas. Eran verbenas populares inolvidables donde los pequeños, al cuidado de sus papás, correteaban  por el parque repleto de gente. Era realmente un ambiente de fiesta, de jolgorio y sano esparcimiento para toda la familia. La banda de música era dirigida por el maestro don Napoleon Ortiz y entre su amplio repertorio tenía una pieza dominguera que no podía faltar: “El Chivirico”

En el Chetumal de esos años el uso y consumo de mercancías y artículos importados era un sello que nos distinguía como Chetumaleños. El casimir inglés, como el mil rayas, como el whisky escocés, y como el “Tulip y el Queso de Bola” eran verdaderos símbolos de nuestra identidad. Por eso en uno de sus discursos políticos el buen Carlos Cardín nos  definió como la generación de los “Quesoboleros” y por eso  se acuñó la frase que dice que: en Chetumal hasta el más humilde albañil toma Whisky.

En uno de nuestros viajes como directivos de la Cámara la de Comercio de Chetumal y con motivo de gestionar la renovación del régimen fiscal de Zona libre, tuvimos varias  reuniones con el doctor Pedro Aspe y con el entonces secretario de Economía, el doctor Serra Puche. La apertura comercial de país había iniciado con el GAT y terminaría con el tratado de libre comercio con Estados Unidos y Canadá. Tanto la secretaría de Hacienda como la de Comercio se negaban a concedernos más prorrogas al régimen de excepción fiscal que teníamos. En un intento de convencernos el doctor Serra nos dijo en una ocasión: “Cuando yo era niño mis padres me llevaban con cierta frecuencia a Chetumal y desde entonces cuando oigo hablar de Chetumal mi mente piensa  en chocolates Milky Way, laterías, carritos Match box y “Queso de Bola y“Tulip”. Ahora el país está abierto a las importaciones y se ha vuelto una inmensa zona libre, y esta realidad debemos aceptarla.

En otra ocasión, con motivo de un encuentro nacional de matrimonios, acudimos a Toluca estado de México. Dentro de la dinámica del encuentro los matrimonios anfitriones darían hospedaje a las parejas provenientes de otros estados del país. A nosotros  nos habían pedido llevar un regalo muy representativo de nuestra ciudad, el cual intercambiaríamos la noche de la clausura del evento.  Decidimos llevar una generosa caja con quesos de bola, Tulip, mantequilla Australiana, Tip top, chocolates, galletas, Etc., pues éramos propietarios de un negocio de ese ramo y queríamos además corresponder a nuestros anfitriones. Pues bien,  para nuestra sorpresa fuimos la sensación de la noche del intercambio; recuerdo  que lo que habíamos llevado, que era bastante, resultó insuficiente ante el furor que causaron nuestros productos. Recuerdo a una pareja que se nos acercó a decirnos que nos cambiaba una hermosa réplica de un galeon pirata por unos cuantos de nuestros comestibles importados.

Posteriormente a ese viaje,  debido a que las especialidades médicas en la ciudad eran escasas,  con mucha frecuencia debíamos hacer inesperados y urgentes viajes al doctor a la ciudad de Mérida. Por lo repentino de los viajes, en muchas ocasiones no podíamos sacar con la anticipación debida la cita con el especialista, y teníamos que esperar muchas horas haciendo antesala en los consultorios. Recordando la experiencia de Toluca mi esposa decidió un buen día llevarle ese tipo de regalos a la secretaria del doctor que nos atendía, con la súplica de que nos pasara lo antes que pudiera.

Esta diplomacia familiar resultó mágica y tremendamente efectiva pues desde entonces nuestras largas horas de espera se terminaron y  desde eso, si viajamos a ver familiares, amigos o doctores, con cita previa o sin ella, la diplomacia del “Tulip y el Queso de Bola” es obligada como una política de relaciones públicas de nuestra familia.

Mario.

 

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