Con motivo de cumplirse este ocho de Octubre un aniversario más del Estado de Quintana Roo vienen a mi memoria recuerdos de aquel Chetumal de los años 60s. 

Por aquellos años, después del Janet de 1955,  Mi ciudad se reponía de aquel tremendo desastre y retomaba su vida, social y política. Era una ciudad y una sociedad deseosa de destacar como una importante entidad de la república.

Gobernaba el entonces Territorio  Federal de Quintana Roo el Ingeniero Arón Merino Fernández, 1958 – 1964, hombre afable pragmático y conciliador. La ciudad  acababa de experimentar  un largo periodo de mandato férreo de Margarito Ramírez, político recio, franco, directo y autoritario, muy característico de aquellos personajes surgidos de la revolución armada de 1910.

Como estudiantes de secundaria recuerdo que por aquellos tiempos teníamos la costumbre  organizar, entre el grupo de la escuela, las famosas “Bachatas”, que no eran otra cosa que divertidas y cálidas reuniones que  nuestro grupo de estudiantes  realizaba alternativamente, casi cada semana, en el domicilio de cada uno del grupo de nosotros.

Eran pequeñas fiestas que comenzaban al caer la noche y terminaban en ese mismo día a eso de las diez u once de la noche. Las bachatas se amenizaban con  las consolas o tocadiscos,  aparatos caseros de reproducción de música de última generación de aquellos años. En ellas tocábamos  las melodías del momento.

Acababan de salir los discos de 33 un tercio y 45 revoluciones por minuto. Habíamos dejado atrás las antiguas vitrolas reproductores de música de muy baja calidad sonora que reproducían  discos de pasta de 78 revoluciones por minuto.

La modernidad nos había llegado con  la HI FI o alta fidelidad en la reproducción de música. Los cantantes, las orquestas y los conjuntos musicales del momento, nacionales y extranjeros, inundaban el mercado de discos con sus melodías, con sus ritmos y con sus canciones.

Las “Bachatas” eran una expresión de los chetumaleños al momento musical que vivíamos en ese entonces. Las organizábamos para  bailar y para escuchar  los últimos discos en esos tiempos en que estaban  en su mejor momento  artistas como Enrique Guzmán, Cesar Costa o Angélica María, entre muchísimos más.  Eran tiempos también del rock en español, tiempos de cortejo, de camaradería, de baile  y de noviazgo. Tiempos de disfrutar y mecerse  al ritmo del Calipso, del reggae, o de las cumbias colombianas.

Esas fiestas de estudiantes de secundaria eran también   oportunidades de ligue. Realmente creías que habías ligado si tu pareja te permitía bailar de pegadito,  cachete con cachete, abrazaditos,  al ritmo de inolvidables melodías como el tema de Tracy ejecutada por la orquesta  Billy Vaughn, o el tema de Amor Indio con “Los Aragón” , entre otras románticas piezas.

Eran auténticas fiestas organizadas por jóvenes para jóvenes, tertulias sencillas de danzantes donde bailábamos  al compás de  melodías de orquestas famosas como la de Ray Conniff o de conjuntos mexicanos como Los Teen Tops.   Eran reuniones de comunión  de unos Jóvenes ilusionados, más bien adolescentes, que solo veían cielos azules, y nubes de algodón. Eran encuentros  fraternos de sana diversión.

En aquellas bachatas  tomábamos únicamente refrescos, y eso cuando la coperacha lo permitía, o simplemente agua para refrescarnos de aquel ardiente calor.  Aquel calor que nos hacía sudar hasta quedar empapados, en ese líquido salado que nos brotaba por los poros, y que no era otra cosa que la expresión corpórea de nuestra vitalidad, de nuestra  alegría por  vivir, y de  nuestros  corazones enchidos de ilusión y fantasías.

Los que asistíamos a esas bachatas éramos puros enamorados de la vida y del ambiente de una ciudad atrasada para otros pero tranquila y con ganas de ser grande. Jóvenes sanos en armonía con nuestro entorno sencillo, austero y sin pretensiones. Éramos   realmente juveniles que vivían su primera juventud decididos a tener en la vida aventuras, romances, emociones y momentos inolvidables.

A más de medio siglo de distancia, evoco  aquellos tiempos y no puedo dejar de hacer comparaciones con los tiempos actuales, y con las formas de diversión de los jóvenes de ahora. Cuánto ha cambiado todo.

Me doy cuenta, con tristeza  que  el consumo de alcohol de niñas y jovencitas es   motivo, más de alarde que de desdoro, y que la procacidad, la vulgaridad y  la majadería es el lenguaje de la juventud de ahora.

Y es cuando percibo todo eso, que no puedo dejar de recordar, con nostalgia que raya en lo sublime de una  lágrima furtiva, los tiempos de las  “Bachatas”  de aquel mi sencillo y atrasado Chetumal  de los 60s.

MARIO

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