La vida es una copa plena de felicidad que nunca se te da llena.  Se te da un sorbito de vez en cuando, un sorbito que tienes que ir saboreando y del que debes de alimentarte gota a gota todos los días para sobrevivir.  No te la pases agitando tus desgracias, pronosticando tus tragedias imaginarias, o asustado por posibles males que a lo mejor no llegarán nunca.  Nacemos para luchar por la felicidad, casi para crearla, para hacerla a pesar de las tristezas, los desencantos, los errores, las malas jugadas y los irremediables imprevistos.

La felicidad que perdura, y nos da paz y sociego permanente, no se busca en bienes y placeres, se actúa bien y ella sola se nos va presentando.  La felicidad no es estar añorando y extrañando todo lo que nos falta, sino encajar en todo lo que tenemos.

Comparte lo que tienes, ama sin exigencias, perdona sin cicatrices, acepta sin perfecciones, agradece lo que te dan y no te rindas nunca.

Todo tiene que ir armonizando: Del panal, un poquito de miel, del mar, un poquito de sal, de la vida, un toquecito de optimismo, de la imaginación, algo de sueño,  del dolor, algo de raíz, y de la fe, algo de roca.

No somos felices porque no sabemos cómo llenar nuestra copa, porque no sabemos dar a la vida un máximo de calidad y rendimiento, porque miramos al mundo como un esclavo; al camino empedrado como un imposible; a la mala suerte como una sombra que nos persigue, y al ideal como algo inalcanzable.

La manera más fácil para ser feliz, es ocuparse de que otros lo sean.  Da mucho de ti mismo, y la felicidad llegará sola.

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