Mercado M Alemán

A 20 metros de aquí estaba mi refugio.

El cielo estaba nublado y el viento movía las negras nubes hacia el Oeste. Por los carros de sonido y  la única emisora de radio se llamaba a la población a acudir a los refugios.  La escuela Belizario Dominguez y el hotel Los Cocos, después del palacio de gobierno, eran las construcciones más sólidas del Chetumal de mediados de los 50s.

Era el 27 de septiembre del año del año de 1955. El personal del ejército recorría las calles casa por casa, invitando  a los pobladores  a dejar sus inseguras viviendas  y acudir a los refugios.  El  huracán Janet se aproximaba. Yo era un niño de nueve años y junto con mis hermanos mayores estábamos nerviosos. Pero por sobre todo eso, siento que estábamos inquietos y deseosos por vivir la experiencia de sentir lo que era un huracán.

Por  el Diario de Yucatán sabíamos que anteriores ciclones habían inundado otras ciudades como el Hilda en Tampico. Allí el agua había subido  a una altura de más de un metro. En mi mente infatil, sin capacidad para dimensionar la magnitud de la amenaza,  me alegraba la idea de nadar, recorrer las calles en canoa y tirarme de clavados. Para nada pasaba por mi mente la idea de una tragedia, y ni remotamente imaginaba la gran catástrofe que habríamos de vivir.

Recuerdo que la noche antes de dejar nuestra casa para refugiarnos en las oficinas de la Comisión Federal de Electricidad,  ubicadas sobre la avenida de Los Héroes con Zaragoza, jugaba con mis hermanos  y decía   que el lavadero y la lata del sancocho, donde  la ropa blanca se hervía, habrían de desaparecer seguramente.  Estaba realmente emocionado  ante  una nueva aventura que habría de vivir.

Debo decir que anterior al  Janet en repetidas ocasiones  se había movilizado a la población hacia los refugios. Esto  debido a la amenaza de huracanes que a última hora se desviaron sin tocarnos. Este hecho contribuyó sin duda a que  mucha gente pensara, que como en ocasiones anteriores, el huracán no nos golpearía.  Muchos se resistieron al llamado a dejar sus casas y ser llevados a los refugios.

En primer plano El Cine Teatro Juventino Rosas, más atrás el antiguo palacio de gobierno y al final un  aspecto de la Bahia de Chetumal antes de Janet

Para ese tiempo en Chetumal  la red de agua potable estaba en construcción. A lo largo de las principales calles del centro de la ciudad corrían  profundas  zanjas de más de un metro de profundidad. La ciudad parecía una zona de guerra con montículos de tierra y trincheras por doquier.  La Comisión de electricidad, instalaba sus postes de luz y  líneas de eléctricas. Estaban por inaugurarse las nuevas instalaciones de la planta de luz, construida   en la esquina de la avenida Juárez y la calle Zaragoza.

Ese era el panorama de aquella pequeña ciudad de menos de 20,000 habitantes, que nerviosa y alarmada, esperaba la llegada del huracán más destructor de su corta historia.

La noche cayó ese día de Septiembre. Pendientes de las noticias de la radio local y las de Belice,  así como de los reportes de la torre de control del aeropuerto, nos fuimos a nuestros respectivos refugios a tratar de dormir.  Más bien a vivir una larga y angustiosa noche de espera.

Unos aguardando en  refugios construidos de mampostería, otros aguardando en sus frágiles viviendas de techo de lámina de zinc y paredes de madera, y otros más esperaron a Janet  en frágiles viviendas de palos y laminas de cartón, o de techo de palma.

En el caso de mi familia, mi padre administrador de la Comisión Federal de Electricidad en ese tiempo, nos llevó a refugiarnos a sus  oficinas, construidas de mampostería y techo de cemento. Allí estaban muchas personas, la mayor parte de ellas empleados de Comisión y algunos otros vecinos de ese punto de la ciudad.

Recuerdo mucho a doña Tina Zafra, vecina de enfrente de las oficinas, propietaria de una casa  grande. Ella y su familia llegaron a nuestro refugio cuando los vientos comenzaron arreciar. Entre las once y las doce de la noche, se empezaron a oír y sentir, con mayor intensidad, los fuertes vientos y la lluvia que se colaba por las rendijas de las ventanas y puertas. Janet ya estaba sobre nosotros.

Hasta ese instante la inundación no había comenzado. La corriente eléctrica ya se había ido, todo era obscuridad, lluvia, ruidos y rachas huracanadas de viento. De momento el viento y la lluvia cesaron  y regresó la calma. El cielo se veía estrellado. En nuestro refugio los constantes rezos  calmaron y los comentarios comenzaron a oírse.

¡Gracias a Dios parece que ya pasó dijeron las señoras!  No, dijo mi padre y los señores que le acompañaban, esto debe ser el ojo del huracán.  Los  vientos van a cambiar y van a volver. Entre los compañeros de mi padre recuerdo a Domingo Hernández Pariente, a José Lavalle y a otros empleados  de Comisión que de otros lugares de la república habían venido a instalar las plantas de luz y la red eléctrica de la ciudad. Todos esos hombres y mujeres, alarmados pero valientes,  estaban viviendo la  experiencia más trágica de sus vidas.

Efectivamente, después de aproximadamente una  hora, como mi padre y los demás señores habían pronosticado, el viento cambió de dirección y el huracán volvió con mayor fuerza y con más agua. Ahora el huracán nos estaba trayendo enormes olas  de la bahía. Fue a partir de ese momento cuando comenzamos a escuchar con más frecuencia  los gritos de la gente, que en su  carrera hacia la parte alta de la ciudad, especialmente hacia la escuela Belizario Domínguez,  imploraban con desgarradores gritos se les abriera la puerta de nuestro refugio. Era la puerta que daba a la avenida héroes. Ellos no sabían que esa puerta, de dos hojas,  no podía ser abierta porque  detrás de ella estaban apilados refrigeradores y muebles de oficina, colocados para ayudar a contener la fuerza del viento y del  agua, que en esos momentos comenzaba a entrar a la habitación. En respuesta a la desgarradora y desesperada petición de auxilio, desde adentro les gritábamos que se dieran la vuelta y entraran por una puerta trasera que daba a la calle Zaragoza.

Al parecer, o no escuchaban, o por las condiciones imperantes no podían darse la vuelta; lo cierto es que los gritos y los golpes a la puerta continuaban ante nuestra impotencia de poder ayudarles. Era una situación de extremo estrés y angustia, tanto para nosotros desde adentro del refugio como para ellos allá afuera.

Mientras eso pasaba, de pronto escuchamos el estallido de uno de los cristales de una ventana y por ella introdujeron a una niña. Era evidente que los familiares y padres de esa niña, en su desesperada lucha por su vida y en su intento de alcanzar el cerro, se enfrentaban a la fuerza  del viento, la lluvia, la inundación las zanjas, los cables, los postes de luz caídos, y la obscuridad de la noche.

Era muy difícil que alcanzaran llegar con vida a la parte alta de la ciudad.  En esas desesperantes circunstancias,  en un acto de amor, decidieron al menos,  dejar a salvo la vida de aquella pequeña.

Después de ese incidente  el agua comenzó a subir hasta el punto de alcanzar el metro y medio de altura. Los menores tuvimos que subirnos  a unos canceles de madera que dividían las oficinas. A partir de ese momento en el refugio comenzaron los gritos de histeria. ¡Salgamos  de aquí, vamos a morir ahogados como ratas, decían unos. ¡Vayamos al cerro amarrándonos  en cadena, decían otros! De nuevo la intervención de mi padre y sus amigos. No, por favor, calma. Si salimos de aquí no vamos a alcanzar el cerro; el agua está muy crecida y las condiciones afuera son sumamente adversas. Si salimos iríamos a una muerte segura. De aquí nadie sale. Mantengan a los bebés sobre los colchones flotantes de hule espuma y todos estemos  listos a subir sobre los muebles si fuera necesario. Ya resistimos bastante, el huracán ya debe de estar por terminar. Me hermana menor de escasos de escasos 5 meses flotaba en un colchón inflable. Mi abuela doña Trinidad de Regil Vda. de Vargas de pronto dijo: Esta niña no está bautizada. El bautizo es válido en estas condiciones y así lo hizo en el nombre del Padre del Hijo y del Espiritu Santo. En agradecimiento a la providencia del todo poderoso mi hermana lleva el nombre de : “Gloria Del Socorro”. Después de eso ¡Oramos y esperamos lo peor pero  el agua dejó de subir y comenzó a bajar. El liderazgo de los mayores y la fe  de encomendarnos a la misericordia de Dios evitó una catástrofe de grandes proporciones y nos salvó la vida.

Muy pronto el viento fue perdiendo su fuerza y el agua comenzó a bajar. Los nuevos rayos de luz de un  nuevo día comenzaron a aparecer iluminando un panorama de desolación, llanto y muerte. A través de los cristales de las ventanas lo primero que divisé fue la Casa Abuxapqui totalmente destruida; eran montones de  latas de pinturas, herramientas, maderas,  telas, y láminas retorcidas.

Los escombros de lo  que fueran las casa de Don Luis Rivero y de Doña Herminia Handall, mamá de Don Antonio y doña Lupe,  aunados a los restos de la Casa Abuxapqui, se apilaban en una impresionante montaña de láminas y maderas.

Tan pronto como amaneció salimos en dirección a lo que era nuestra casa. El corazón me palpitaba con la esperanza de encontrarla en pié. En nuestro refugio el agua tenía un nivel de unos treinta centímetros todavía.  En la ciudad,  las partes más bajas seguían inundadas y había bajado totalmente el agua en otras.  Al cruzar al  otro lado de la calle,  hacia el mercado Miguel Alemán, sobre el camellón de la avenida Héroes, estaba una niña de aproximadamente nueve o diez años con un niño  como de dos años en sus brazos. Ambos con espuma en la boca y dormidos, para no despertar ya más. La niña en un acto de heroísmo fraterno, había sucumbido sin soltar a su hermanito.

Al seguir en mi camino hacia lo que era nuestra  casa que estaba sobre la Calle 16 de Septiembre,  en la esquina del antiguo mercado de la venida 5 de Mayo con Zaragoza,  estaba desconsoladamente llorando un hombre  sobre el  cadáver de una mujer mayor. Alcancé a oír entre sus sollozos que le decía; suegrita, se lo dije, véngase con nosotros, pero usted no quiso.   ¡Oh Dios mío, Dios mío que vamos a hacer!

Desde lo que fuera la casa de Don Pepe Peraza, sobre la 5 de Mayo, hasta la de don Aladino Polanco, sobre la 16 de Septiembre, todo era destrucción. Había tiradas en el  suelo muchas cosas de valor.  Yo recuerdo haber visto en la calle un estuche  de cubiertos, al parecer de oro y plata. Pero en ese momento ante tal desolación y muerte, nada parecía tener valor. Yo solo quería ver mi casa, la que finalmente vi muy  deteriorada aunque afortunadamente en pié. Yo, en esos momentos realmente pensaba que la reconstrucción de la ciudad era  imposible.

Recuerdo que la primera noche después del huracán, fue una húmeda noche, todo estaba mojado.  Fue una noche de tristeza acompañada de un martillear constante. Eran las familias formadas por hombres mujeres y niños que con lágrimas en los ojos,  aún en la obscuridad de la noche, con lámparas y linternas, con clavos y martillos, continuaban su  labor de levantar sus tinglados para guarecerse.

Al amanecer del día siguiente, en medio del shock y la tragedia,  comenzamos a oír sobrevolar  los primeros aviones  y a ver los primeros helicópteros aterrizar en diversos puntos de la ciudad. Dentro de lo difícil de la situación  vi a muchos  chamacos como yo correr a ver los helicópteros que aterrizaban  y también los vi correr a la punta del muelle  a ver de cerca el primer hidroavión,  que con víveres y medicamentos,  procedente de Estados Unidos,  había amarizado en la bahía.

Después del huracán era frecuente encontrar en los charcos y los pozos de la ciudad  pecesitos que la tremenda ola y la creciente de la bahía habían arrojado a la ciudad.  Dentro de lo trágico de esos días, era motivo de diversión de la chamacada recorrer los charcos y los pozos de esa ciudad devastada, en busca de esos pescaditos,  para atraparlos y conservarlos,  en frascos o latas, como preseas de pesca.

“Las almas de los niños siempre encuentran motivos de diversión, aún en los  momentos más difíciles y en medio de las más grandes catástrofes”.

Dos días después del huracán, mi tío Fernando Vargas nos llevó al aeropuerto, pues ya se había establecido un puente aéreo para transportar a los damnificados a diferentes puntos del país. Elegimos ir a la ciudad de Mérida donde vivían mis abuelos paternos. Los aviones enfilados en las pistas transportaban primordialmente, enfermos, mujeres, ancianos y niños. Los jóvenes y los hombres mayores que no estuvieran enfermos o heridos no podían volar, debían quedarse. Mi tío nos consiguió un pase para volar ese mismo día. Eramos 6 hermanos, de 12, 9, 6 y 5 años  al cuidado de Gladys mi hermana mayor de 15. Gloria, la bebé apenas tenía 5 meses.

Esperamos algunas horas en las pistas del aeropuerto y después nos subieron en un bimotor sin asientos. Era un avión militar  que servía para tomar fotos. Lo recuerdo porque venía equipado con una especie de visores que funcionaban como cámaras fotográficas.  Una de las alas  de ese avión tenía una muy visible rotura, la cual, antes de despegar, en presencia nuestra, los pilotos suturaron con una enorme cinta adhesiva blanca, muy parecida a lo que conocíamos como  esparadrapo. Pero que caray, para nosotros, después de haber vivido los peligros del huracán, viajar en un avión con el ala rota no nos asustaba mayormente.

El avión aterrizó en la ciudad de Mérida entrando la noche. En el aeropuerto el servicio de carros de alquiler era totalmente gratuito para todos los procedentes de Chetumal. Los cuerpos de auxilio, como la cruz roja, los policías, la cámara Junior, los Scouts y otros estaban muy dispuestos y organizados para auxiliarnos y transportarnos. Recuerdo un incidente  que da muestra de esa buena disposición de la gente de Yucatán por ayudarnos: El taxista que nos llevó a la casa de mis abuelos, muy distante del aeropuerto, después de más de media hora de habernos dejado regresó hasta la casa para entregarnos un biberón. Era el biberón de la bebé que habíamos dejado olvidado en su taxi.

Mérida fue una ciudad solidaria y generosa con todos los damnificados de Chetumal. El Estadio Salvador Alvarado funcionó como albergue mucho tiempo. Allí iba yo a visitar a amigos, paisanos  y conocidos,  y a compartir con ellos  historias y vivencias.

Mis padres y mi hermano Arturo el mayor, que en ese entonces tenía 16 años, se quedaron en Chetumal. Ellos como mayores que eran debían cumplir su trabajo,  sumarse a la tarea de enterrar a los muertos, cuidar nuestras pertenencias y reconstruir nuestro hogar.  Por ellos y otros amigos supe cómo fueron los días posteriores a nuestra partida:

En la ciudad el ejército cercaba los edificios de los almacenes en ruinas con  órdenes de disparar a quienes se les sorprendiera robando. Los jóvenes que anduvieran vagando sin oficio eran reclutados para las labores de remoción de escombros, sepultura de muertos  y apertura de calles. En una situación de tanta necesidad no había justificación para ningún desocupado. Un amigo me contó que al él lo habían mandado a poner un telegrama cuando fue reclutado por el ejército. Antes  que pudiera ponerse en contacto con sus padres lo pusieron a estibar cadáveres. Era un estado de emergencia sanitaria. Muertos y más muertos seguían apareciendo. La ciudad estaba bajo un muy estricto control militar.

Los cadáveres después de inventariados y de que el ministerio público tomara nota ellos, los no identificados iban a la fosa común. Me cuentan que la espuma en la boca de muchos de ellos en ocasiones tapaba su rostro y había que remover esa espuma para poder identificarlos. En los monumentos a lo largo de la avenida de Los héroes  se colocaron muchos  cadáveres para su identificación.

Como veterano de esta historia, y después  de pasados  58 años, veo mi Chetumal y no puedo menos que sentirme ufano y orgulloso de mi ciudad.  Como muchos de los  sobrevivientes de esa tragedia,  valoro lo que con esfuerzo y sacrificios, los  nativos y los avecindados,  hemos sufrido, hemos construido y  hemos logrado.

Hoy, en este especial día de remembranza, comparto con los que sienten suya esta ciudad que me vio nacer, esta mis historia que es un tributo  y homenaje a su renacimiento y desarrollo..

Mario.

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