Tu vida está plena de logros, luchas y grandes esfuerzos,  y aunque a veces no parezca, cada día te  vas acercando, paso a paso, a lo que tú quieres.  Pero ten cuidado, puedes tener un enemigo, capaz de destruir sin piedad lo que con tanto trabajo has construido, y esos son tus propios resentimientos.
 
El resentimiento es como tomar un veneno para tratar de envenenar a otro.  Mientras el dolor pasa, el rencor se queda y lo agravas como a una herida que no se deja sanar.  El resentimiento es un monstruo, que puede tener el tamaño que le des.  Lo puedes alimentar con los pensamientos de queja y de autocompasión.  Entre más lo crezcas, más partes de tu vida invadirá.
 
La energía que le das a ese fantasma, es la misma que puedes usar para construir tus sueños, o la vida más plena y feliz que te mereces.  Quien no perdona, sin darse cuenta poco a poco se aísla, empieza a olvidar o dejar de disfrutar lo grato de su vida.  

Con el rencor, te  haces más difícil lo difícil, y lo agradable se opaca con el tormento de la amargura.  Digno no es quien resiente, digno es quien perdona.  ¡Qué estúpida es la venganza que mantiene anclado el dolor!  La venganza sabia es dejarlo ir.  Seguir adelante, es construirse en vez de destruirse.
 
El perdón es un  regalo, para sí mismo, es regalarse la paz, es soltar la carga, es decidir mirar la luz de nuevo, y con determinación caminar hacia ella, hacia lo mejor de ti, de tu vida.  No perdones para que el otro cambie.  Acéptalo, el otro nunca va a ser como tú quieres, eso no depende de ti.
 
No le des a nadie el poder de hacerte infeliz.  Perdona porque decides hacerlo.  Retoma tu poder, tu inmensa capacidad de construir tu propia tranquilidad.

 

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