El problema no es pensar de forma diferente. El problema es no pensar, o negarse a confrontar nuestro pensamiento con el de otros mediante el diálogo. Todos los conflictos terminan encontrando una salida a través del diálogo; todos, menos los provocados por la obstrucción mental, sencillamente porque bloquea el diálogo. En un universo que cuenta con unos 13.700 millones de años de existencia, los conceptos absolutos o excluyentes son, cuando menos, un sarcasmo. Y, naturalmente, esta afirmación es aplicable a cualquier religión.

Cuando a la ignorancia (falta de instrucción) se une la fatuidad (necedad, falta de entendimiento, vanidad infundada y ridícula), todo se convierte en afirmaciones excluyentes; por el contrario, cuando al conocimiento se le une la humildad, nace la duda tolerante, la escucha atenta a la opinión ajena, el respeto a lo diferente y, en resumen, surge el diálogo que nos conduce no solamente a admitir “al otro”, sino a enriquecer nuestros valores personales. Se trata de un proceso de reconocimiento y comprensión del diferente, del que no piensa como yo, ni tiene mis mismas creencias religiosas, ni ha nacido en mi entorno geográfico, o sostiene otro tipo de ideales muy diferentes a los míos; y estar convencido de que, aun a pesar de esas diferencias, no es mi enemigo sino mi complementario con el que tengo que convivir creativamente. Y, con frecuencia, no se trata de pronunciar grandes discursos cargados de argumentos para dejar constancia de esta actitud; sirven los gestos, a veces, pequeños gestos.

Una de las primeras conclusiones a las que llegamos cuando nos abrimos al mundo exterior, fuera de nuestros reducto personal, y nos acercamos al prójimo, al diferente, es que Dios no nos ha hecho (tampoco a ellos) depositarios de Su verdad, como si de un valor absoluto se tratara, o administradores de Su gracia desde una “franquicia religiosa” determinada.  Lo poco que conocemos de la divinidad nos hace percibir que Dios distribuye su gracia conforme a patrones que ninguna religión, ninguna persona, puede controlar o administrar conforme a un patrón determinado.

Nos queda, eso sí, identificar lo más acertadamente posible esa dosis de gracia a la que hayamos podido tener acceso para compartirla generosa y humildemente con los demás, sin atisbos de soberbia, prepotencia o desprecio, vicios en los que, con excesiva frecuencia, caen los “profesionales” de las diferentes tendencias religiosas.  Porque, a fin de cuentas, religión no es tanto la búsqueda de Dios por el hombre, como el medio de identificar el esfuerzo de Dios por encontrarnos. Dios nos busca y nos encuentra en lugares diversos y por métodos diferentes; y el tránsito de un espacio a otro, únicamente se hace posible por la misericordia y la sobreabundante gracia divina.

Ese es el sentido último de la justificación por la fe.
Máximo García Ruiz.

 

 

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