José Luis Martin Descalso, poéta escritor, periodista y sacerdote nacido en Toledo España, 1930 - 1991

A Gerard Bessiere le ha preguntado alguien cómo se las arregla para estar siempre contento. Y Gerard ha confesado cándidamente que eso no es cierto, que él también tiene sus horas de tristeza, de cansancio, de inquietud y de malestar. Y entonces, insisten sus amigos, ¿cómo es que sonríe siempre, que sube y baja las escaleras con su silbido alegre, y su cara y su vida parecen estar siempre iluminadas?. Gerard ha confesado humildemente que es que, frente a los problemas que a veces tiene dentro, él «conoce el remedio, aunque no siempre sepa utilizarlo: salir de uno mismo», buscar la alegría donde está, en la mirada de un niño, en un pájaro, en una flor y, sobre todo, interesarse por los demás, comprender que ellos tienen derecho a verle alegre y entonces entregarles ese fondo sereno que se tiene en el alma por debajo de las propias amarguras y dolores. Y menciona que al hacerlo, cuando quiere dar felicidad a los demás, él la da, aunque no la tenga, y que al darla, también a él le crece, de rebote, felicidad en su interior.

De este párrafo es importante sacar todo el sabroso jugo que tiene. Y que empieza por descubrir algo que muchos olvidan: que ser feliz no es carecer de problemas, sino conseguir que esos problemas, fracasos y dolores no anulen la alegría y serenidad de base del alma. Es decir: la felicidad está en la «base del alma», en esa piedra sólida en la que uno está reconciliado consigo mismo, pleno de la seguridad de que su vida sabe a dónde va y para qué sirve, sabiéndose y sintiéndose nacido del amor. Cuando alguien tiene bien construida esa base del alma, todos los dolores y amarguras quedan en la superficie, sin conseguir minar ni resquebrajar la alegría primordial e interior.

Luego está también la alegría exterior y esa depende, sobre todo, de «salir de uno mismo». No puede estar alegre quien se pasa la vida enroscado en sí mismo, dando vuelta y vuelta a las propias heridas y miserias, auto complaciéndose. Lo está, en cambio, quien vive con los ojos bien abiertos a las maravillas del mundo que le rodea: la Naturaleza, los rostros de sus vecinos, el gozo de trabajar. Y, sobre todo, interesarse sinceramente por los demás. Descubrir que los que nos rodean «tienen derecho» a vernos sonrientes cuando se acercan a nosotros solicitando un poco de comprensión y amor.

¿Y cuando no se tiene la menor gana de sonreír? Entonces hay que hacerlo doblemente: porque lo necesitan los demás y lo necesita la pobre criatura que habita en nosotros. Porque no hay nada más autocurativo que la sonrisa. «La felicidad -ha escrito alguien – es lo único que se puede dar sin tenerlo». La frase parece disparatada, pero es cierta: cuando uno lucha por dar a los demás la felicidad, ésta empieza a crecernos dentro, y vuelve a nosotros de rebote, es una de esas extrañas realidades a las que sólo podemos acercarnos cuando las damos. Y éste puede ser uno de los significados de la frase de Jesús: «Quien pierde su vida, la gana», que traducido a nuestro tema podría expresarse así: «Quien renuncia a engolosinar su propia felicidad y se dedica a fabricar la de los demás, terminará encontrando la propia.» Por eso sonriendo cuando no se tienen ganas, termina siempre dejándonos con muchísimas ganas de sonreír.

José Luis Martín Descalso.

Anuncios