¡Lo más triste no es despedirse, sino no saber hacia a dónde ir! No es despedir al que parte, sino no saber dónde y para qué te quedas.

Si toda la vida es un camino, y  toda la vida es una búsqueda, acéptalo, aunque te duela, toda la vida es una despedida y sólo aprendiste a vivir, cuando aprendiste a despedirte.

No habrás aprendido a caminar en libertad buscando lo no alcanzado, mientras no te hayas despedido de lo andado y lo logrado.

La libertad y la valentía que no tienes para despedirte de todo lo dejado y lo perdido, son la libertad y la fuerza que te faltan para seguir andando.

Despídete,  de los padres que ya no necesitas, y cuida de ti mismo haciéndote responsable de tu vida.

Despídete, de los hijos que ya no te necesitan, y déjalos ser libres.

Despídete, de lo bueno que viviste, sin apegarte al tiempo que pasó, por temor del presente y el futuro.

Despídete, del mal que cometiste, sin atarte con culpas y reproches; perdonándote a ti mismo.

Despídete, de las ofensas que te hirieron, sin esclavizarte en la prisión del rencor y la amargura.

Despídete, de los que, muriéndose, partieron, para que dejes de esperar su regreso, y camines tu camino en la esperanza, de encontrarte tú con ellos.

Despídete y deja correr el río de la vida llevándose las aguas que estás viendo, para que tengan lugar ante tus ojos las aguas que no viste todavía, y ya están viniendo…

René Trosero

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