Cuando era joven y libre, y mi imaginación no tenía límites, soñaba con cambiar el mundo.  Al volverme más viejo y más sabio, descubrí que el mundo no cambiaría.  Entonces, acorté un poco mis objetivos y decidí cambiar sólo mi país.  Pero también, él parecía inamovible.

Al ingresar en mis años de ocaso, en un último intento desesperado, me propuse cambiar sólo a mi familia, a mis allegados;  pero por desgracia, no me quedaba ninguno.   Y ahora que estoy en mi lecho de muerte, de pronto me doy cuenta:  “Si me hubiera cambiado primero a mí mismo, con el ejemplo habría cambiado a mi familia; a partir de su inspiración y estímulo, podría haber hecho un bien a mi país y quién sabe, tal vez incluso habría cambiado el mundo.

La juventud no es un periodo de la vida, es una mentalidad, un efecto de la voluntad, una cualidad de la imaginación, una victoria del coraje sobre la timidez del gusto de la aventura sobre el amor y el confort. 

Uno no se vuelve viejo, por haber vivido muchos años.  Uno se vuelve viejo porque ha abandonado sus ideales.  Los años, arrugan la piel; renunciar a un ideal, arruga el alma.

Las preocupaciones, las dudas, los miedos y las desesperanzas, son los enemigos que lentamente nos empujan hacia la tierra, para volvernos polvo antes de la muerte.

Tú eres: Tan joven, como tu fe, y como tu confianza en ti mismo.  Tan viejo, como tus dudas, y como tu depresión.

Te quedarás joven, mientras estés receptivo.  Receptivo a la belleza, lo bueno y lo grande.  Receptivo a los mensajes de la naturaleza, del hombre y del infinito. 

Y si un día, tu corazón llegara a estar dormido por el pesimismo y el cinismo: que Dios tenga lástima de tu alma de viejo.  

Señor;

¡Enséñame a envejecer!  Convénceme de que no son injustos conmigo los que me quitan la responsabilidad, los que ya no piden mi opinión, los que llaman a otro para que ocupe mi puesto.

Quítame el orgullo de mi experiencia pasada y el sentimiento de sentirme indispensable.

Pero ayúdame, Señor, para que siga siendo útil a los demás, contribuyendo con mi alegría al entusiasmo de los que ahora tienen responsabilidades y aceptando mi salida de los campos de actividad, como acepto con naturalidad sencilla la puesta del sol.  Finalmente te doy gracias, pues en esta hora tranquila, caigo en cuenta de lo mucho que me has amado.

Concédeme Señor, que mire con gratitud hacia el destino feliz que me tienes preparado. ¡Señor, ayúdame a envejecer así! Textos de: Salvador R.  Zappalá y José Laguna Menor.

 

 

Anuncios