Diversas religiones le han puesto nombres específicos a DIOS y tienen historias muy particulares de la salvación de los pueblos. No importa la religión ni el nombre que cada uno quiera darle, ni las historias, ritos y tradiciones que culturalmente hayamos heredado. Dios es simplemente DIOS. Muchas veces, la religiosidad popular deposita su confianza en ciertas expresiones como los santos, medallas, estampitas, o novenas milagrosas. Incluso, algunos íconos religiosos son referentes de identidad, o también, son utilizados a manera de amuletos. ¿Tatuarse a la Virgencita de Guadalupe o a Buda, realmente transforma a las personas? El problema con esta manera de ver lo religioso consiste en que, aunque nos tatuáramos todo el cuerpo con íconos e imágenes santas, si no hay espiritualidad, esto no provoca el cambio ni la transformación interna. Así es como a los amuletos, religiosos o de otro tipo, nos encomendamos para tener buena suerte.

Por eso, incluso los que andan en malos pasos, resultan ser muy devotos. Todos ponen veladoras a la imagen que les cumpla el milagrito o los saque del apuro. ¿Algún amuleto sirve contra la violencia? ¿En qué momento se nos estropeó el país?  mi país, tu país, ¿Cómo permitimos esto? ¿Cómo reaccionar? ¿Qué espiritualidad puede ayudarnos?

Hay preguntas que a veces nos rondan: ¿Dónde estaba Dios cuando sucedía el Tsunami? ¿Dónde estaba Dios cuando sucedía lo de Auschwitz? ¿Dónde estaba Dios cuando sucedía la matanza de migrantes en Tamaulipas? ¿Dónde estaba Dios cuando sucedía lo del Juanas y el Ferrie? Muchas veces nuestra idea de Dios es el de alguien enojado que castiga, que manda males, exige sacrificios y tiene todos los hilos del mundo en sus manos.

De alguna manera, seguimos creyendo en algún dios primitivo o en alguno del Antiguo Testamento, es decir, en un dios de retribución con quien lo que importa es negociar, rendir tributos y aplacar su ira. En efecto, nuestra vida es frágil, pende de un hilo y a cada instante está expuesta al sufrimiento y a la muerte. No somos eternos, algún día de algo tendremos que morir. Aparte, el Mal contiene una amenaza de muerte, de dolor, de destrucción y sufrimiento. Pero si el mal existe, es por la libertad del ser humano. El mal y la destrucción sí pueden ser modos de vivir y posibilidades al elegir. Ahora bien, Dios crea al mundo. Lo ha hecho autónomo y funciona con sus propias leyes.

El ser humano y el universo son obra del Creador que respeta la libertad humana y el dinamismo de la naturaleza. Si buscamos un dios milagrero, siempre a la escucha de los deseos o caprichos humanos, busquémoslo en la superstición, no en la verdadera espiritualidad. En una ocasión, en Auschwitz, alguien pregunto : ¿Dónde esta Dios? Dice Elie Wiesel, sobreviviente de ese campo de concentración: “Dios estaba en los ahorcados, ejecutados y gaseados de Auschwitz y de todos los campos de concentración y en todas las violaciones, injusticias e inhumanidades de este mundo. Dios está sufriendo con nosotros, soportando con nosotros, y acompañándonos en nuestra lucha contra el mal”. Elie Wiesel fue una Húngara nacida en 1928 Premio Nobel de la Paz 1986. ¿Cómo entender la presencia de Dios en el mundo? ¿Cuál es el modus operandi de Dios? Podríamos decir que: No es alguien que anda interviniendo, ni manipulando sino que es el Dios de la verdad; un Padre bueno que crea seres libres. Es un Dios que se juega la vida con nosotros. Es un Dios que se pone en las manos de los seres humanos. Es el Dios todopoderoso que se despoja de su poder a favor de la autonomía del mundo y del ser humano. En cierta medida no es Dios quien puede ayudarnos, somos nosotros los que debemos ayudarle a él. Dios se repliega, como un entrenador para que la persona ejerza su libertad, no se mete a la cancha. Dios no mete los penaltis que a nosotros nos corresponde meter.

Hay que migrar de la imagen del  Dios que hace todo en el mundo  a un Dios que genera nuestro dinamismo interno, nuestro sentido y orientación. Pero no toma el mando de las cosas, ni sustituye nuestra libertad. Dios no nos soluciona nada, pero nos acompaña siempre. Dios se implica con nosotros, lucha a nuestro lado contra el mal y contra el sufrimiento, contra lo que nos deshumaniza, contra la inseguridad. El siempre mantiene su condición de Amor creador  que reconstruye, sostiene, alienta, impulsa y acompaña ero nunca infantiliza, nos invita a asumir nuestra libertad y responsabilidad.

“Quiero ayudarte mi Dios, para que no me abandones; con cada latido del corazón comprendo claramente que no puedes ayudarnos, sino que debemos ayudarte a ti y defender tu morada dentro de nosotros hasta el último momento”. Oración de Etty Hillesum muerta en Auschwitz en 1943.

Dios actúa con nosotros, nunca sin nosotros. No es una acción mágica, es una acción de nosotros, en nosotros, con nosotros. Dios está buscando nuestro bien. no nos suplanta, actúa a través de nosotros. “No hay camino para la paz, la paz es el camino” decía Mahatma Ghandi. Encontramos a Dios, cuando nos solidarizamos con las víctimas, cuando convocamos a las personas de buena voluntad a trabajar por rescatar y reconstruir la justicia y la paz. Entendamos que Él nos necesita para construir la paz de nuestro país. Hay un cuento de Antony de Mello que relata  que en una ocasión una persona le reclamó a Dios: ¿Cómo es posible que no hagas algo cuando ves tanta injusticia en el munod? Y Dios respondió: Claro que he hecho algo, ¡Te hice a Ti!

“Es Dios quien verdaderamente anima a la búsqueda de todo cuanto alivia y todo cuanto sana, incluso en el caso de los no creyentes, sin importar la religión. Cuanto más nos opongamos al sufrimiento con todo nuestro corazón y con todas nuestras fuerzas, tanto más nos adherimos al corazón y a la acción de Dios”. Le preguntaron al Dalai Lama cual era la mejor religión y respondió: “La mejor religión es la que te hace mejor persona, es decir, más compasivo, la que te hace más sensible, más desprendido, más amoroso, más humanitario, más responsable. La religión que sea capaz de hacer eso de ti es para ti la mejor religión”. La espiritualidad está centrada en el Reino de Dios -no importa su nombre-, es decir, se alimenta de un Dios que sólo busca y quiere una humanidad más justa y más feliz, y tiene como centro y tarea decisiva construir una vida más humana.

Bienaventurados los que tienen un espíritu compasivo, un corazón humilde con hambre y sed de justicia y actúan y saben perdonar; porque ustedes traen al mundo al Dios que vive, que es  esperanza, que es compasión, sentido y plenitud. Ejemplos de ellos son  Nelson Mandela, Rigoberta Menchú, Liu Xiabo, Aung San, Lidia Cacho, Isabel Miranda, Alejandro Martí, Javier Sicilia, Damas de Blanco y Monjes budistas, por mencionar algunos.

En estos tiempos nos urge más que nunca una espiritualidad al servicio de una vida más digna y dichosa para todos, una vida que nos invite a la conversión y trasformación; una existencia que nos motive a vivir haciendo el bien y curando a las personas del dolor, de la violencia  y del miedo.

Compiló:
Ismael Bárcenas, SJ.
Torreón, Coahuila, México.

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