Poéta, Literato y Político Español 1861-1924

Marciano, mal cerradas las heridas

que recibió ayer mismo en el tormento…

Presentóse en la arena, sostenido

por dos esclavos; vacilante y trémulo.

.

Causó impresión profunda su presencia;

“¡ Muera el cristiano, el incendiario, el pérfido.!”

Gritó la multitud con un rugido

por lo terrible, semejante al trueno;

Como si aquel insulto hubiera dado

vida de pronto y fuerzas al enfermo,

.

Marciano al escucharlo, irguióse altivo,

desprendióse del brazo de los siervos,

alzó la frente, contempló la turba

y con raro vigor, firme y sereno

cruzando solo la sangrienta arena

llegó al pie mismo del estrado regio;

.

Puede decirse que el valor de un hombre,

a más de ochenta mil impuso miedo,

porque la turba al avanzar Marciano,

como asustada de él, guardó silencio;

llegando a todas partes sus palabras

que resonaron en el circo entero:

.

-Cesar- le dijo- Miente quien afirrme,

que a Roma he sido yo quien prendió fuego,

si eso me hace morir, muero inocente

y lo juro ante Dios que me esta oyendo.!

Pero, si mi delito es ser cristiano,

.

Haces bien en matarme, porque es cierto:

Creo en Jesús, practico su doctrina

y la prueba mejor de que en él creo,

es que en lugar de odiarte: ¡ te perdono.!

Y al morir por mi fe, muero contento.-

.

No dijo más tranquilo y reposado

acabó su discurso, al mismo tiempo

que un enorme león saltaba al circo

la rizada melena sacudiendo;

avanzaron los dos, uno hacia el otro,

el los brazos cruzados sobre el pecho,

la fiera, echando fuego por los ojos,

y la ancha boca, con delicia abriendo.

.

Llegaron a encontrarse frente a frente

se miraron los dos, y hubo un momento

en que el león, turbado, parecía

cual si en presencia de hombre tan sereno,

rubor sintiera el indomable bruto,

de atacarlo, mirándolo indefenso.

.

Duró la escena muda, largo rato

pero al cabo, del hijo del desierto

la fiereza venció, lanzó un rugido,

se arrastró lentamente por el suelo

y de un salto cayó sobre su victima.

.

En estruendoso aplauso rompió el pueblo…,

brilló la sangre, se empapó la arena

y aún de la lucha en el furor tremendo,

Marciano con un grito de agonía:

-Te perdono, Nerón – dijo de nuevoo.

.

Aquel grito fue el último, la zarpa

del feroz animal cortó el aliento

y allí acabo la lucha. Al poco rato

ya no quedaba más de todo aquello

que unos ropajes rotos y esparcidos

sobre un cuerpo también roto y deshecho:

una fiera bebiendo sangre humana

y una plebe frenética aplaudiendo.

Juan Antonio Cavestany

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