Vuelvo a escuchar en muchas partes la expresión sociedad civil como insignia a la vez de molestia y esperanza ciudadana. No es que la expresión se haya ido alguna vez de nuestro vocabulario desde que fue acuñada en los años 80 como sinónimo de todo aquello que se oponía al PRI-gobierno.

Ahora la escucho con el matiz de todo aquello que se opone o quiere erigirse por fuera de la hegemonía o el poder de los partidos políticos y frente a los errores o ineficacias del gobierno. La pregunta que no falta al final de cualquier conferencia sobre la vida pública de México es: “¿Y qué puede hacer la sociedad civil frente a todo esto?”.

Los conferencistas pasan aceite para responder algo tangible, pero terminamos casi todos diciendo que la sociedad civil debe organizarse para presionar a los políticos, etcétera. Pocos arriesgan el camino de la verdad y dicen que la sociedad civil mexicana está poco o mal organizada, salvo en el orden de los intereses gremiales, empresariales, religiosos o profesionales, lo que desde otro lado se conoce como “grupos de interés” o de “presión”, si no es que como “poderes fácticos”. Es decir, la parte menos desinteresada, menos limpia o pura de la sociedad civil.

De modo que hay implícita la idea de una sociedad civil buena y otra no tanto. Lo cierto es que la sociedad civil mexicana es una entidad confusa como concepto y borrosa como realidad. Es una sucesión desarticulada de causas y personajes que surgen de una sociedad desencantada de sus políticos.

Personalmente, la mejor respuesta que he escuchado a la pregunta sobre qué puede hacer la sociedad civil para mejorar el país, se la escuché al experto mexicano en opinión publica, Ulises Beltrán, durante uno de los programas de televisión que conducen Leo Zuckerman y Javier Tello. La sociedad civil, dijo Ulises, puede hacer muchas cosas, organizarse, movilizarse, marchar. Pero sería bueno que empezara por ser efectivamente civil y no estacionarse en doble fila, acudir a la junta de condóminos, pagar impuestos, cumplir la ley.

Puede sonar abstracto. Pero al final es la apelación más directa a la conducta de cada quien eso que puede hacerse sin juntarse ni ponerse de acuerdo con nadie. Al día siguiente de que todos y cada uno de los miembros de la sociedad civil cumplan las leyes, el país habrá cumplido una revolución cívica que se cierra en la otra pinza: no sólo cumplir la ley, sino ayudar a que se cumpla. ¿Cómo? No haciendo nada que permita o induzca que otro la viole. Por ejemplo: no comprar pirata, no comprar droga, no… Héctor Aguilar Camin.

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