El destino tiene dos maneras de herirnos: negándose a nuestros deseos, o cumpliendo los de él.   Sin embargo, podemos rehusar a aceptarlo tal y como se nos presenta.

 

Desde aquellos primeros días de la razón, he sido un espectador de la vida.  A veces mirando al mundo girar desde mi dócil pesadumbre pueblerina.  Otras, observándolo desde el lugar reservado a las águilas; elocuente, trasgresor, actor o simplemente un sensible soñador.  Sin embargo, cuando vuelvo al pasado trayendo recuerdos a mi mente vaga, solo llegan hasta ella los momentos de audacia, y con algún esfuerzo logro capturar la rutina diaria.

 

Con todo, de cada cosa aprendí algo.  Todo conspiró: vista, razón y omisión, para construir la persona que soy.  Me modelaron del sutil modo que tienen los artistas desde sus dones, o a golpes de chocar con las formas con que los paradigmas modelan las razones.

 

Del modo en que viví, del modo en que siga viviendo y del modo en que algún día muera, seguiré pensando que ese es el sentido de mi vida, a veces la docilidad, a veces la rebeldía.  Pero si por los errores y aciertos cometidos, pudiera llevarme al más allá un trozo de acá, elegiría el amor y el odio, porque ambos, como la docilidad y la rebeldía, serán mis extremos en vida.

 

En ese viaje final pondría de un lado a la persona que hice feliz hasta los huesos con mi hidalguía.  Del otro, a quien mortifiqué en lo profundo del alma con mi cobardía.

 Marcelo D. Ferrer

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