Recuerdo que cuando tenía 19 años había empezado a utilizar alhajas de oro. Había comprado varias cadenas y un par de esclavas o brazaletes y me encantaba usarlas. Eran una gran ilusión. En una de mis primeras actividades de la Iglesia, se nos pidió ayuda para las personas pobres de la comunidad, y en un ambiente de oración se nos pidió dar algo de lo que nos quisiéramos deshacer para darlo a estas personas.

En ese momento sentí una gran confusión, púes lo único que llevaba en ese momento eran mis alhajas de oro, y ni pensar en dar alguna de ellas. Temblaba, entré en cólera e indecisión porque en ese momento Dios me estaba pidiendo que entregara algo, pero mis joyas de oro me habían costado mucho dinero.

Al fin me animé y fui a dejar la cadena más delgada (y más barata). Las personas empezaban poco a poco a ir delante a dejar cosas. Mi intranquilidad era tan grande, que tuve que ir a dejar otra de las cadenas, porque sentía que Dios me miraba y me decía que diera algo más para esas personas. Al final, fui 4 veces adelante. Una por cada objeto de valor que llevaba. Extrañamente al final, me sentí bien de haberme desprendido de esas cosas materiales y una gran paz sobrevino a mi alma.

Finalmente cuando terminó la oración nos pidieron pasar adelante a recoger nuestras cosas. Dios no quería quitarnos nada, sólo quería ayudarnos a desprendernos de lo material. Recuerdo que cuando tuve de nuevo todas mis joyas en la mano, eran diferentes. Ya no brillaban igual, no me ilusionaban. Ni siquiera deseaba tenerlas. Al día siguiente las doné a la Iglesia porque me sentí mal de que algo tan tonto me hubiera cegado tanto. Ese día comprendí que las cosas materiales no valen una buena obra, y que mi alma, tampoco valía por el oro, la plata, las joyas o el dinero que tenía. Puedo decir que me liberé de todas esas cargas en aquel día.

Recordé esto ayer y creo que es bueno que entendamos, que nada nos llevaremos en el momento de la partida. Cuando el buen Dios nos llame delante de su presencia no llevaremos nada. Nos iremos de la misma manera que llegamos: sin nada. Solamente nuestras buenas obras, y nuestra trascendencia en este mundo será lo que llevemos. El bien que hayamos hecho, el amor que hayamos dado, el perdón que decidimos dar; eso sí vale.

Espero que no cometas los mismos errores que yo, y que si estás apegado a cosas materiales recuerdes lo realmente importante. Verás en ese momento cómo todas las cosas materiales dejan de brillar, al contraponerlas con la luz de Jesús.

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