A un siglo de la Revolución Mexicana

La respuesta indignada de Limantour expresaba claramente el discurso porfirista de la elite política, al describir a Díaz como patriota consumado que, por sí solo, había otorgado “paz, orden, y progreso material” a su país: El general Díaz fue, sin duda, el creador del México moderno. Después de sesenta años de agitación que precedieron a su administración, él llevó al país a un estado de progreso que no superaba ninguno de los países de América Latina… Bajo su guía, se creó orden a partir del caos, la prosperidad se desarrolló conscientemente en todas las clases y se formó un nuevo país. La grandeza del general Díaz [se reveló] como estadista, como soberano de hombres y como patriota… El general Díaz fue un trabajador infatigable que dedicó la totalidad de su tiempo, de su sobresaliente habilidad y de su gran fuerza a crear el bienestar de su pueblo y al desarrollo de su país. Ningún asceta se ha preocupado menos por sus propios intereses, placeres o comodidades. Las alabanzas a Díaz por parte de sus contemporáneos no llegaron exclusivamente de los que lo apoyaban políticamente. Quizás la más improbable sea la del mismo Francisco I. Madero, el primer mandatario del México revolucionario después del exilio de Díaz en 1911. En su notable libro La sucesión presidencial en 1910 (1909), que desencadenaría no sólo el movimiento antirreeleccionista y su propia candidatura a la presidencia, sino la misma Revolución, Madero escribió: En lo particular, estimo al general Díaz y no puedo menos que considerar con respeto al hombre que fue de los que más se distinguieron en la defensa del suelo patrio y que, después de disfrutar por más de treinta años el más absoluto de los poderes, ha usado de él con tanta moderación. Fuera de México, la alabanza coetánea de Díaz surgió también de fuentes inesperadas. En 1894, José Martí, intelectual radical y líder del Partido Revolucionario Cubano en su prolongada lucha por independizarse de España, escribió para solicitar una entrevista con Díaz durante una visita a México a fin de recaudar fondos. Independientemente de que Martí buscara ayuda financiera y apoyo moral y político para la causa cubana, y que, por lo tanto, era difícil que insultara a un benefactor potencial, Martí halagaba abiertamente a Díaz como un patriota sabio que había luchado de manera consistente por la independencia del continente americano. Un cubano prudente […] ha venido a México, confiado en la sagacidad profunda y constructiva del General Díaz, y en su propia y absoluta discreción, a explicar en persona al pensador americano […] al hombre cauto y de fuerte corazón que padeció por la libertad del continente […] que hoy preside a México, la significación y alcance de la revolución sagrada de independencia. De entre la prosa más efusiva y extravagante en homenaje a Díaz, gran parte se produjo en el mundo anglosajón. Como comentó Robert Skidelsky: “La era victoriana fue una época de adoración al heroísmo. En un periodo de incertidumbre religiosa, la moral necesitaba cada vez más del apoyo de vidas ejemplares; vidas que, de manera particular, acentuasen la fuerte conexión existente entre la virtud probada y el éxito público.” Sin embargo, también queda claro que muchas de las narraciones estaban basadas en una combinación de ignorancia y de repetición mecánica de la autoproyección, la autopromoción y la propaganda del propio régimen en el ámbito internacional.

La señora Alex Tweedie, una de aquellas múltiples e infatigables viajeras de las Islas Británicas en la época victoriana, describió a Díaz, en su biografía de 1906, simplemente como “el personaje más importante de la historia moderna”, y lo comparaba con el zar de Rusia y con el papa: “sin embargo”, afirmaba en la misma página —con una comprensión no tan segura de la ciencia política o de la realidad política mexicana— que él era “un dirigente democrático”. Su descripción de Díaz como un “hombre atractivo, fino y fuerte… con ojos obscuros, profundos y penetrantes” sugiere también que ella pudo haber sido una de las tantas víctimas de lo que José Valadés describiría más adelante como la frondosidad sexual de Don Porfirio.
Los contemporáneos estadounidenses eran igualmente exagerados en sus alabanzas. José Godoy, el encargado de negocios mexicano en Washington en 1909, solicitó la opinión de importantes congresistas, senadores, oficiales de las fuerzas armadas, servidores públicos y presidentes de universidades estadounidenses para una biografía que fue publicada en 1910. En el texto que resultó de ello, una mezcla alucinante de prosa recargada, libre fantasía e ignorancia pura, Díaz emerge como un personaje mítico, casi divino, que creó por sí solo la nación mexicana. Sus contemporáneos estadounidenses lo comparaban, de manera variada y simultánea, con Moisés, Josué, Alejandro Magno, Julio César, Cromwell, Napoleón, Bismark, Lincoln, Washington, el General Grant, Gladstone, Disraeli e incluso con el Mikado.
Las descripciones y referencias que con mayor frecuencia usaban los admiradores de Díaz en la biografía de Godoy seguían un patrón previsible. La referencia más frecuente iba hacia el marcado desarrollo de México bajo la sabia administración de Díaz. Otras hacían énfasis en las cualidades de patriotismo, moralidad personal, abnegación y humildad, poniendo de relieve, sobre todo, el origen humilde de Porfirio, y citando su carrera como un ejemplo del paso de la pobreza a la riqueza (“rags to riches”). El congresista californiano Charles Landis proporcionó la que quizás sea la expresión más evocadora de la apoteosis en la mitología porfirista de finales del siglo XIX: “Nos referimos a México y pensamos en Díaz […] Díaz es México y México es Díaz.” Ciertamente, los esfuerzos concertados y orquestados para promover tanto a Díaz como al régimen bajo una luz positiva en los ámbitos nacional e internacional se derrumbaron ante los resultados de la Revolución de 1910. La hagiografía fue sustituida rápidamente por el envilecimiento y el asesinato del personaje, al tiempo que el antiporfirismo se convertía en la norma. Sin embargo, es importante subrayar que el antiporfirismo, en sí mismo, no fue un producto exclusivo del periodo posrevolucionario, y que sus raíces se hundían con toda claridad en el tiempo que lo precedió. El ejemplo más impresionante del desafío al culto del porfirismo, previo a la revolución, fue la polémica originada por la decisión de conmemorar, en 1906, el centenario del natalicio de Benito Juárez. Resulta sumamente ilustrativo comparar el destino tanto historiográfico como mitológico de los dos oaxaqueños que dominaron la política mexicana decimonónica durante más de medio siglo.
Si se consideran las fuertes tensiones políticas que rodearon la sexta reelección de Díaz en 1906, el intento del régimen por fomentar y explotar el mito de Juárez, presentándolo como el precursor de la era de Díaz, estaba destinado a causar controversia. El saldo historiográfico de la controversia fue sumamente desfavorable para Díaz, y lo ha seguido siendo desde entonces. Mientras que Juárez quedó firmemente identificado con el nacionalismo y la autodeterminación, con la democracia política y la libertad civil, con la ley y el Estado secular (y, más tarde, en el siglo XX, con los derechos de los indígenas y la resistencia al colonialismo), Díaz quedó asociado, con la misma firmeza, con su antítesis: la dictadura y la represión, el abuso de la autoridad constitucional, el clericalismo y la violación de la soberanía mexicana, y en el papel de archixenófilo y traidor. Con el tiempo, el lodo lo ha endurecido. Neoporfirismo La demonología de Díaz y del Porfiriato ha resultado ser necia y resistente durante el siglo XX, a pesar de algunos indicadores superficiales de relajación de la condena oficial. Sin embargo, la nueva evaluación del Porfiriato, durante el decenio de 1990, ha comenzado, finalmente, a restaurar el equilibrio entre las interpretaciones porfirista y antiporfirista. Desde las nuevas (aunque todavía polémicas) versiones de los libros de texto, hasta la transmisión de la telenovela El vuelo del águila, se han visto progresivamente signos de una profunda revisión de prejuicios añejos.
Como se dijo ya, las raíces del neoporfirismo contemporáneo no están sólo en la respuesta oficial a la crisis política y económica, sino también en la nueva evaluación de la época que realiza una nueva generación de historiadores mexicanos. Uno de los puntos más importantes de lo que hoy se clasifica como historia “revisionista” es el hincapié que se hace en la continuidad (en lugar de la ruptura) entre el Porfiriato y la Revolución, así como el reconocimiento consecuente de la deuda que el sistema político posrevolucionario tiene para con su predecesor.
Sin embargo, el revisionismo neoporfirista no es un fenómeno nuevo en la historiografía mexicana, y debe mucho a las biografías de Díaz realizadas por Francisco Bulnes (1921), Ángel Taracena (1960) y Jorge Fernando Iturribarría (1967). En años recientes, se ha vuelto a plantear el caso con un vigor renovado, sobre todo con las biografías revisionistas de Enrique Krauze (1987) y Fernando Orozco Linares (1991).
El peligro inherente del nuevo revisionismo, que se manifiesta en el reciente crecimiento del neoporfirismo, es que, con la transformación de la imagen de un dictador diabólico en la de un patriarca benévolo y patriota, Díaz encontrará, de nuevo, un lugar en el panteón de los héroes nacionales. Esto representaría una oportunidad perdida. Además, los vínculos entre el neoporfirismo y el neoliberalismo como proyecto político ya se han identificado claramente, y corren el riesgo de seguir distorsionando la “calidad histórica” de la época de Díaz.
No está libre de ironía el hecho de que, en 1911, el acérrimo porfirista Enrique Creel, gobernador de Chihuahua y ex embajador de México en Estados Unidos, escribiera a Díaz durante su exilio en París y, en un intento vano de consolar al presidente exiliado, hiciera la siguiente predicción: “Puede usted estar seguro de que el pueblo mexicano y la historia le harán cabal justicia.” Sin embargo, parece que, casi un siglo después, todavía no se ha vuelto realidad la predicción de Creel. El simple hecho de que los restos de Don Porfirio sigan sepultados en París, en el cementerio de Montparnasse, simboliza claramente que el Estado posrevolucionario aún no acepta el legado del régimen de Díaz, y que la reconciliación histórica de México con una de las figuras más importantes en el desarrollo de la nación tampoco se ha realizado.
Por Paul Gardner.

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