Tal vez porque la figura de Díaz sigue inspirando acalorados ataques y defensas, se ha vendido tan bien el más reciente libro de Paul Garner: Porfirio Díaz, del héroe al dictador: una biografía política. El especialista condensa en este texto los postulados de su libro.

“El mito no niega las cosas, por el contrario, su función es hablar de ellas […] purificarlas, hacerlas inocentes, darles una justificación externa. Elimina la complejidad de los actos humanos […] quita toda dialéctica […] establece una afortunada claridad. El mito está constituido por una pérdida de la calidad histórica de las cosas.” — Roland Barthes, Mythologies (1972).

Pocas figuras en la historia de México, e incluso en la de América Latina, son tan conocidas como Porfirio Díaz. Hasta muy recientemente, pocas han sido más incomprendidas o difamadas. La explicación básica para tantas distorsiones se revela al investigar los vigorosos mitos que se han creado en torno a la figura de Díaz. Todos los mitos, creados durante y después de la vida de Don Porfirio, tuvieron un origen y un claro fin político, pero cada uno se fortaleció con base en una corriente historiográfica poderosa, pero últimamente distorsionada. Por lo tanto, para empezar a acercarse con más imparcialidad a la vida de un personaje tan importante, y tan polémico, es imprescindible entender cómo la imagen de Díaz ha sido creada y denigrada y, sobre todo, cómo ha sido objeto de apropiación a lo largo del último siglo. De hecho, las diferentes representaciones del régimen porfirista pueden verse como un claro ejemplo de los cambios tanto de la moda historiográfica como de la política nacional a lo largo del siglo XX. Estas interpretaciones contradictorias entre sí han dificultado, si no imposibilitado, la realización de un análisis equilibrado tanto del hombre como de su régimen. De acuerdo con el crítico francés Roland Barthes, los han despojado de su calidad histórica.
La historiografía porfiriana puede dividirse en tres categorías principales, cada una con una cronología, un enfoque y, cabe decir, una distorsión específicos. Éstas son: el porfirismo, el antiporfirismo y el neoporfirismo. El retrato favorable de Díaz (porfirismo) domina la historiografía del periodo anterior a la Revolución de 1910, aunque durante y después de ésta se hicieron algunas contribuciones importantes. El porfirismo pone de relieve, sobre todo, la longevidad del régimen, particularmente en contraste con sus predecesores en el México del siglo XIX, y su éxito al lograr una estabilidad y una paz políticas por un periodo de casi 35 años: inter alia, su patriotismo, su heroísmo, su dedicación, su sacrificio personal, su tenacidad y su valentía.
La portada típica de las numerosas biografías de Díaz, publicadas durante los últimos años del régimen, se elegía con la intención específica de mostrar la imagen del patriarca austero, pero benigno, del héroe militar, del constructor de la nación y del anciano estadista en pleno control del destino de la patria; en pocas palabras, del héroe con el clásico molde republicano. El deliberado culto de la personalidad se promovió de manera activa a lo largo del régimen, pero especialmente después de la tercera (y muy polémica) reelección de Díaz en 1892, y vio su apoteosis en las fastuosas fiestas del Centenario de la Independencia. Con una ironía suprema, las celebraciones de 1910 representaron también la némesis del régimen. Menos de dos meses después, en noviembre de 1910, empezó la revolución que despojaría a Díaz del poder. Seis meses más tarde, había dimitido y había sido obligado a un exilio del que nunca regresó.
Una de las principales consecuencias de la Revolución Mexicana fue la destrucción del culto porfirista y su sustitución por un antiporfirismo igualmente poderoso. Sin embargo, el antiporfirismo no fue producto exclusivo de la Revolución, aunque se expresó con mayor fuerza después de 1911, en lo que devendría la interpretación estándar, ortodoxa y prorrevolucionaria. Según el antiporfirismo, el régimen de Díaz era el ejemplo máximo de la tiranía, la dictadura y la opresión, el mismo Don Porfirio quedaba condenado por su corrupción, su autoritarismo y su traición a los intereses nacionales.
El antiporfirismo dominó la historiografía mexicana durante casi tres generaciones de la posrevolución. Sin embargo, en la década de 1990 hubo fuertes indicadores de que la imagen de Díaz y la interpretación de su régimen habían sufrido una marcada transformación. Se empezó a interpretar la época de Díaz bajo una luz mucho más positiva, que se llegó a identificar como un culto neoporfirista. Ciertamente, incluso podría afirmarse que el neoporfirismo constituye ahora la nueva ortodoxia historiográfica. Un estímulo importante para esta nueva y profunda evaluación han sido los logros y la sofisticación de las investigaciones recientes realizadas por la generación actual de historiadores mexicanos y extranjeros. En consecuencia, las nuevas tendencias de la historia social, política, económica y cultural se han reflejado profundamente en la imagen tradicional del México porfiriano. Cada vez más se rechaza la división tradicional de Porfiriato y Revolución, así como su categorización como fenómenos separados. Ahora se interpretan las tensiones y conflictos de la época como un choque “cultural” (en el sentido más amplio del término) entre una sociedad “tradicional” y las fuerzas de la “modernidad”.
Igual de importante como fuente de nuevas interpretaciones ha sido la transformación de la política nacional a partir del decenio de 1980. En este contexto político más amplio, el cambio en la actitud oficial y pública hacia el régimen de Díaz en el México contemporáneo es, claramente, un reflejo de la reestructuración radical de la economía política mexicana a raíz del impacto devastador de la crisis de los años ochenta. Evidentemente, no es una casualidad que la reciente evaluación positiva de la estrategia económica porfirista coincida con la estrategia neoliberal de las administraciones posteriores a 1982. El neoliberalismo de México y Latinoamérica se ha caracterizado por un regreso a la apertura a la inversión extranjera, un renovado estímulo al desarrollo hacia afuera y un impulso hacia la privatización y la desregulación —distintivos de la política porfiriana anterior a 1910—, en claro contraste con la ortodoxia posrevolucionaria de la intervención estatal, la nacionalización y la sustitución de importaciones.
En los años noventa se percibía claramente la evolución de lo que Lorenzo Meyer y Héctor Aguilar Camín identificaron, en 1989 (A la sombra de la Revolución Mexicana), como “una nueva época histórica que dice adiós a las tradiciones más caras y los vicios más intolerables de la herencia histórica que conocemos como Revolución Mexicana”. Obviamente, en términos de herencia historiográfica, una de estas tradiciones más queridas y uno de los vicios más intolerables del legado histórico de la Revolución han sido, sin duda, la denigración y la satanización del personaje que esta misma arrancó del poder. El retrato de Porfirio Díaz como un dictador brutal siguió una lógica muy clara, relacionada directamente con el proceso de mitificación de la propia Revolución. Desde la perspectiva del México posrevolucionario, la justificación principal de la Revolución fue la expulsión de lo que llegó a considerarse una dictadura opresiva y tiránica. Con estas circunstancias, la evaluación equilibrada de Díaz o del régimen era, en el mejor de los casos, difícil y, en el peor, imposible.

Antiporfirismo
Desde la perspectiva de la historia “oficial” antiporfirista y prorrevolucionaria, Díaz se volvió, usando la célebre frase del periodista Filomeno Mata, “El monstruo del mal, de la crueldad y de la hipocresía”. En el extranjero Díaz fue retratado como un tirano despiadado, “el más colosal de los criminales de nuestro tiempo… pilar central del sistema de esclavitud y autocracia”, como lo definió el periodista estadounidense John Kenneth Turner en su todavía muy leído México bárbaro, publicado en 1909.El retrato de Turner compendiaba el antiporfirismo: acusaba a Díaz de conspiración y traición, de inhumanidad, de brutalidad y duplicidad. De acuerdo con Turner, Díaz era “el asesino de su pueblo… y un cobarde ruin y vil… El presidente de México es cruel y vengativo y su país ha sufrido amargamente”. Era una imagen muy distorsionada, y Turner estaba preparado para usar anécdotas sin fundamento, incluso irrisorias, para lograr un efecto sensacionalista. De hecho, las distorsiones de Turner eran poco más que una caricatura.
En México, los ejemplos más virulentos del antiporfirismo se encuentran en la década de 1920. Clásico de este periodo es el relato de Luis Lara Pardo, en su De Porfirio Díaz a Madero, publicado en 1921. De acuerdo con Lara Pardo: Bajo los oropeles de la abundancia y la prosperidad, comenzaron a aparecer la crueldad, la intransigencia, la ambición sin límites y el egoísmo del César. Entonces pudo verse que las verdaderas características de su régimen eran dos: exterminio y prostitución… El general Díaz creía firmemente en el exterminio como arma principal de gobierno… Pocos gobernadores, aun entre los reyes, emperadores, faraones, sultanas y califas, han hecho más para prostituir a un pueblo que el general Díaz para degradar a los mexicanos. La penetrante influencia del antiporfirismo se encuentra también en otras partes del mundo hispánico de esta época. Tirano Banderas (1926), la “clásica” novela sobre el fenómeno de la dictadura, escrita por el ensayista y dramaturgo español Ramón del Valle-Inclán, tomó a Díaz como uno de los modelos para un dictador arquetípico latinoamericano del siglo XIX, un tirano cínico y despiadado caracterizado, sobre todo, por su crueldad y sadismo. También en 1920, el novelista y ensayista Vicente Blasco Ibáñez describió la pax porfiriana que Díaz había implantado en México: El orden que mantuvo durante treinta años fue producto de una serie de fusilamientos sin testigos y de atentados a la libertad individual. En esos treinta años mató a más gente, de un modo sordo y oculto, que los que murieron después en todas las batallas sucesivas de la revolución.
En México, el antiporfirismo continuó ejerciendo una poderosa influencia sobre lo que se convirtió en la interpretación “ortodoxa” del régimen de Díaz. La visión ortodoxa, en estos años más intensamente antiporfiristas, ponía énfasis en el autoritarismo y la tiranía del régimen, y aseguraba que representaba una desviación de las tradiciones liberales del México decimonónico. Todavía hubo rastros de esta ortodoxia que predominaron incluso en los análisis más eruditos y profundos que aparecieron después de 1940, como en los trabajos de José Valadés, Jesús Reyes Heroles y Daniel Cosío Villegas.
José Valadés, en El Porfirismo: Historia de un régimen (tres tomos, 1941-48), aseguraba que su intención era investigar, con “mente abierta”, la percepción predominante posrevolucionaria del régimen como “una manifestación casi textual de la tiranía”. Sin embargo, su conclusión era inequívoca:
Verdad es que en el Presidente [Díaz] hubo mucho señorío; que su palabra se hizo mando; que unió a la perseverancia la energía; que poseyó innegables cualidades privadas; que amó intensamente al país. Sin embargo, por haber construido su poderío en la inconstitucionalidad, con lo cual la república se cubrió de pesares y defectos al paso que sus bases y columnas perdieron solidez y equilibrio; sin embargo, el prestigio de Porfirio Díaz no deja de ser amargo y siniestro
Daniel Cosío Villegas, coordinador del proyecto Historia Moderna de México (diez tomos, 1955-1972), era más circunspecto e, incluso, expresaba, si bien con reservas, admiración por las habilidades políticas de Don Porfirio. Reconocía que Díaz “no era ni un ángel, ni un demonio, ni tampoco una mezcla de los dos”. Sin embargo, confirmaba el enfoque de la historiografía antiporfirista al explicar la Revolución de 1910 en función de una reacción a la acumulación “de un grado de poder que no podía llamarse absoluto, pero del que podía asegurarse era incontrovertible”.
Desde el punto de vista de Cosío Villegas, la época de Díaz, que él mismo llamó el “Porfiriato”, debería verse, de manera fundamental, como una aberración dentro de la lenta evolución de México hacia la libertad política durante el siglo XIX. De acuerdo con Cosío Villegas, “Porfirio Díaz levanta entonces la bandera del progreso material… pero descuidando y aun sacrificando la libertad política”.
El proyecto de Cosío Villegas, sin duda la contribución más importante, a nuestro entendimiento, sobre la época de Díaz, calificaba de esta manera, sin plantear un desafío de manera fundamental, la ortodoxia historiográfica prevaleciente. Esta visión fue expresada con mayor fuerza por Jesús Reyes Heroles, quien, en El liberalismo mexicano (tres tomos, 1957-61), negaba a Díaz o a su régimen cualquier mérito dentro de la tradición liberal del siglo XIX. Para Reyes Heroles, “El porfirismo, enjuiciado en su totalidad como fenómeno que duró treinta años, no es un descendiente legítimo del liberalismo. Si cronológicamente lo sucede, históricamente lo suplanta”. Porfirismo Los trabajos de Valadés, de Reyes Heroles y, sobre todo, de Cosío Villegas proporcionaron perspectivas importantes y calificaron algunos de los peores excesos del antiporfirismo, pero no desafiaron ni su orientación básica ni sus conclusiones fundamentales. Por ello, existe un paralelo obvio entre las distorsiones del antiporfirismo posrevolucionario y las del porfirismo estricto que proporcionaron los apologistas del régimen a finales del siglo XIX. En los dos casos, se crearon mitos igualmente fuertes que fueron muy difíciles de tocar, y menos de contradecir.
Se encuentran ejemplos de adulación y deferencia a Díaz, el patriarca, en todo el espectro del México porfiriano, desde los habitantes de los remotos pueblos rurales hasta los miembros del gabinete y los íntimos del presidente. En la correspondencia privada de Díaz hay numerosos ejemplos de peticiones por la bondad del patriarca, expresadas con un lenguaje muy emotivo. Éstas iban desde solicitudes para que Díaz fuese padrino de numerosos hijos, hasta súplicas de las autoridades de los pueblos para que el patriarca interviniese en la búsqueda de alguna solución a una gran variedad de problemas locales.
Como era de esperarse, el lenguaje de deferencia impregnaba el discurso de la elite política. Por ejemplo, el secretario de Hacienda José Yves Limantour (1854-1935), uno de los personajes más influyentes durante las dos últimas décadas del régimen, se vio obligado a responder a un obituario poco halagador de Díaz publicado en el Times de Londres en julio de 1915. El texto original había resaltado no sólo la mezcla de ignorancia y prejuicio racial y cultural que con frecuencia demostraban los observadores británicos de México, sino también el hecho de que para 1915 el antiporfirismo ya se había establecido firmemente:
Porfirio Díaz compartió la suerte de varios gobernantes de América del Sur y América Central. Sobrevivió a su grandeza y murió en el exilio. Gobernó en México con un poder prácticamente despótico desde 1876 hasta su caída en 1911, y es debido a ese poder por lo que su país vivió su primero y único periodo prolongado de un gobierno formalmente establecido, desde que acabara su obediencia a España. Bajo formas republicanas, Díaz gobernó con mano de hierro, pero sólo una mano así podía haber impuesto respeto por el orden público y miedo de las autoridades constitucionales, en una nación donde cuatro quintos eran de sangre indígena o mezclada y además desmoralizada por más de cincuenta años de anarquía, corrupción y masacre.
La respuesta indignada de Limantour expresaba claramente el discurso porfirista de la elite política, al describir a Díaz como patriota consumado que, por sí solo, había otorgado “paz, orden, y progreso material” a su país: Como era de esperarse, el lenguaje de deferencia impregnaba el discurso de la elite política. Por ejemplo, el secretario de Hacienda José Yves Limantour (1854-1935), uno de los personajes más influyentes durante las dos últimas décadas del régimen, se vio obligado a responder a un obituario poco halagador de Díaz publicado en el Times de Londres en julio de 1915. El texto original había resaltado no sólo la mezcla de ignorancia y prejuicio racial y cultural que con frecuencia demostraban los observadores británicos de México, sino también el hecho de que para 1915 el antiporfirismo ya se había establecido firmemente: Porfirio Díaz compartió la suerte de varios gobernantes de América del Sur y América Central. Sobrevivió a su grandeza y murió en el exilio. Gobernó en México con un poder prácticamente despótico desde 1876 hasta su caída en 1911, y es debido a ese poder por lo que su país vivió su primero y único periodo prolongado de un gobierno formalmente establecido, desde que acabara su obediencia a España. Bajo formas republicanas, Díaz gobernó con mano de hierro, pero sólo una mano así podía haber impuesto respeto por el orden público y miedo de las autoridades constitucionales, en una nación donde cuatro quintos eran de sangre indígena o mezclada y además desmoralizada por más de cincuenta años de anarquía, corrupción y masacre. La respuesta indignada de Limantour expresaba claramente el discurso porfirista de la elite política, al describir a Díaz como patriota consumado que, por sí solo, había otorgado “paz, orden, y progreso material” a su país: (Busca mañana la segunda parte)

Anuncios