Tus ojos son la luz de tu cuerpo; de manera que si tus ojos están sanos, todo tu cuerpo tendrá luz; pero si tus ojos están enfermos todo tu cuerpo tendrá oscuridad. Y si lo que en ti debería de ser luz es obscuridad, ¡Cuan negra será tu propia oscuridad! (Mateo 6, 19-23)

Cada vez que platicamos con una persona tendemos a mirarla a los ojos, lo que es determinante para creerle y tenerle confianza, o para sentir todo lo contrario. A través de su mirada una persona puede reflejar, seguridad, confianza, nobleza, paz, alegría y amor, así como también desconfianza inseguridad, hipocresía, odio y rencor.

Jesús es claro al decirnos que nuestros ojos pueden reflejar luz u oscuridad. Debemos hacer todo lo posible para que la luz de Dios esté en nosotros y que dicha luz la podamos reflejar desde nuestros ojos hacia los demás.

Hablar de emanar luz u obscuridad es hablar de la lucha continua entre el bien y el mal que se libra en nuestro mundo exterior y que de igual modo se da en el interior de cada ser humano. La tentaciones pueden llegar a nosotros a través de nuestros cinco sentidos, pero es mediante el sentido de la vista por el cual pueden llegar las peores, las cuales van conduciendo a que el hombre se incline más por el materialismo que por el crecimiento espiritual.

El ritmo de vida que se lleva en la actualidad hace que el ser humano caiga en una aparente competencia con sus semejantes en la búsqueda y la acumulación de riquezas. Sin darnos cuenta nos dejamos envolver por la avaricia y ésta nos va haciendo caer en los demás pecados capitales, pues la avaricia se conecta fácilmente con la envidia, de ahí viene luego la soberbia que nos hace caer dócilmente en la lujuria y la ira para luego dejarnos vencer por la gula y la pereza.

De esta forma se dan todos los pecados graves que puede cometer el ser humano: robos, homicidios, suicidios, fraudes, violaciones, infidelidades y tantos tipos de pensamientos y actos negativos contra nuestros semejantes, contra nosotros mismos y contra Dios.

La forma más fácil en que vamos siendo envueltos por el mal, es a través de la lucha por la obtención de riquezas y los placeres que el mundo nos ofrece. A la mayoría de las personas ésta lucha las ciega de tal forma que piensan que ése es el objetivo de la vida, y sin darse cuenta se alejan de la formación espiritual y de Dios. Debemos saber mantener un equilibrio entre nuestras necesidades materiales y las espirituales, pues sabemos que al final nada nos llevaremos a la tumba y que seremos juzgados por nuestras buenas acciones.

Al ir llenándonos de la luz de Dios, nuestro corazón será capaz de emanar amor a nuestros semejantes y nos iremos llenando de buenos deseos que se convertirán en pensamientos y acciones positivas. Llegará a nosotros la humildad, la paz, la alegría y esto se reflejará en nuestros ojos, la ventana del alma. Entonces seremos capaces de ir acumulando grandes tesoros en el cielo en razón de las buenas obras  que vamos realizando.

Ésta es la forma en la que podemos ejercer plenamente la caridad, ya sea con nuestra familia, con nuestros amigos, y con todos lo demás, conocidos o no. Si alguien nos ataca, nos odia o nos envidia, ya no responderemos de la misma forma negativa, sino que el amor nos hará entender y ayudar a esa persona. Lejos de acumular rencores seremos capaces de perdonar a quien nos dañó u ofendió, y en la medida en que vayamos aprendiendo a aplicar mejor el amor, seremos capaces de pedir perdón a quines hayamos dañado u ofendido.

Hagamos una profunda reflexión sobre que buenas obras podemos realizar. Comencemos por pensar en nuestra familia. Seguramente hay alguien con quien debemos reconciliarnos y alguien a quien podemos ayudar de muchas formas. Pensemos después en quienes consideramos nuestros enemigos ¿Cuántos  de ellos están esperando que los perdonemos y a quienes debemos pedir perdón? Pensemos luego en que podemos hacer por los demás. Vayamos acumulando tesoros en el cielo para pasar la prueba de la vida y volver a la casa paternal lado de Dios. Sigamos luchando y fortaleciéndonos en la oración para llenarnos de la Luz de Jesús y que ésta se refleje en nuestros ojos, nuestra mirada y la forma de ver la vida. Elías Tamez Esparza.

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