La niñez, una época que todos hemos conocido, los momentos mágicos en que la vida parecía buena y maravillosa, en que nuestros mundos nos tenían totalmente fascinados, ajenos a las tragedias.

El adulto humano no tiene porqué idealizar al niño, o desear encarecidamente poder ser niño otra vez en edad para alcanzar un estado infantil de existencia, para alcanzar un estado de conciencia en el que la tierra y todas las cosas corrientes parezcan «adornadas de luz celestial».  Los niños poseen esa capacidad mágica de dejar en suspenso sus problemas y simplemente dejarse ir, darse a sí mismos permiso para ser libres; aún no han perdido la capacidad de saber vivir ahora.

La mayoría de los adultos nos vemos obligados a sospechar que hemos perdido ya esa capacidad, y quizá creemos que, sólo por ser adultos, no podemos recuperarla nunca. Tenemos envidia de los niños.  Los niños no tienen problemas para saber pasarla bien, para hacer que resulten divertidas hasta las peores situaciones.  El adulto que hay en nosotros no se pondrá a jugar en la hierba pero dentro de cada uno de nosotros hay un niño maravilloso al que le encantaría retozar en la hierba, no preocuparse de si ensucia la ropa o no, ni de lo que pensarán los demás. 

Si ve que echa de menos a ese niño que lleva dentro, quizá pueda empezar a establecer contacto con él reconociendo que, en realidad, no está muy lejos y lo único que le inhibe es su propia resistencia a reconocer y a aceptar ese niño.  Aprecie lo divertido que es andar con gente que es capaz de ser como los niños.

Suelen ser la gente más feliz, la que mejor funciona, la que no ha olvidado que es posible ser irresponsable y ser responsable al mismo tiempo, que sabe hacer, un poco más que la mayoría, que salga el niño que hay en su interior; gente que no teme lo que piensen los otros; gente que puede sumergirse a veces por completo en lo fantástico, lo mismo que cuando eran niños.

Esa gente sabe que la «vida real» es saber madurar a base de combinar continuamente la seriedad y el juego en la mayor cantidad.  Son gentes que retienen una especie de inocencia y de curiosidad infantiles por el hecho de estar vivos y que saben, por tanto, ser buenos adultos sin dejar de apreciar y cultivar a los niños que llevan dentro; son las personas que pueden servir mejor de modelo a los demás.

Sean cuales sean su edad y experiencia, comprenda usted que lleva dentro un niño que ansía escapar de la cárcel que ha construido para él. Y si a usted no le gusta él o los demás niños, ese niño jamás alcanzará la libertad.  La mitología ha sostenido siempre que hay en algún lugar del mundo un manantial mágico cuyas aguas devuelven la juventud y mantienen a los seres humanos eternamente jóvenes.

Uno es lo joven que piensa que es. El mito de ésa búsqueda de la juventud perdida en cualquier cosa externa a usted, sirve para recordarle que tiene en su interior una fuente ilimitada a la que puede recurrir en cualquier momento, siempre, por el simple procedimiento de ser niño de nuevo. Dr. Wayne Dyer

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