Comparte con los demás, lo que Dios te de.  Si Dios te da, es para que des; y en la medida que des, así es como recibirás.  Comparte sin egoísmo y sin temor, Dios no te dejará con las manos vacías.  Comienza a compartir lo poco que tienes ahora, así es como recibirás más.  Es así como se operara el milagro de la multiplicación.  Sea mucho o sea poco, hazlo.  No mires tus limitaciones o tus intereses personales.  Entiende que si Dios te ha dado, es para que des, es para que te ejercites en el amor fraternal.  Hay necesidades diversas que te circundan.  Hay personas que están en peores condiciones que tú, no lo dudes, tiéndeles la mano.  Los cristianos estamos en el mundo, para ser medios de bendición para otras personas, no para vivir enfrascados en nuestros propios intereses personales.

 

¿Por qué será que algunos no quieren dar ni compartir?  Unos no lo hacen por egoísmo, y otros por sus recursos limitados.  Sin embargo, en la medida que se retiene lo mucho o lo poco que se posee, con el tiempo se echa a perder, porque es dando, como recibimos.

 

Quizás te resulte paradójico o contradictorio, pero hasta que comiences a dar con amor, será entonces cuando recibirás aquello que has deseado alcanzar desde hace mucho tiempo.  Y no lo hagas con intereses egoístas, pues nada recibirás.  Dios no bendice al egoísta, ni al avaro, sino que bendice y retribuye al que da, aún no teniendo nada.  Créele a Dios, Él no te dejará en la calle, Él no te dejará con las manos vacías.  La promesa de Dios es que siempre tendrás todo lo necesario para tu subsistencia.

 

Cuando se te presente la ocasión para tenderle la mano al necesitado, hazlo sin temor y sin dudar, aunque te quedes sin nada.  Dios te proveerá.  Da el paso de fe, pero dalo con amor, no tengas miedo, pues siempre tendrás lo que necesites, aunque las condiciones en tu entorno estén completamente desoladas.

José Alfredo Liévano

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