Category: Lecturas con Mensaje


Momentos en tu vida

Hubo un momento en el que creías que la tristeza sería eterna; pero volviste a sorprenderte a ti mismo riendo sin parar.

Hubo un momento en el que dejaste de creer en el amor; y luego apareció esa persona y no pudiste dejar de amarla cada día más.

Hubo un momento en el que la amistad parecía no existir; y conociste a ese amigo que te hizo reír y llorar, en los mejores y en los peores momentos.

Hubo un momento en el que estabas seguro que la comunicación con alguien se había perdido; y fue luego cuando el cartero visitó el buzón de tu casa.

Hubo un momento en el que una pelea prometía ser eterna; y sin dejarte ni siquiera entristecerte terminó en un abrazo.

Hubo un momento en que un examen parecía imposible de pasar; y hoy es un examen más que aprobaste en tu carrera.

Hubo un momento en el que dudaste de encontrar un buen trabajo; y hoy puedes darte el lujo de ahorrar para el futuro.

Hubo un momento en el que sentiste que no podrías hacer algo: y hoy te sorprendes a ti mismo haciéndolo.

Hubo un momento en el que creíste que nadie podía comprenderte; y te quedaste boquiabierto mientras alguien parecía leer tu corazón.

Así como hubo momentos en que la vida cambió en un instante, nunca olvides que aún habrá momentos en que lo imposible se tornará un sueño hecho realidad.

 

 

Mateo, de dos años y con la energía de un niño feliz, brinca desde la orilla de la alberca y se sumerge dentro del agua una y mil veces sin parar. Se siente muy seguro y confiado gracias a los flotadores que su mamá le colocó a regañadientes en los brazos.

Al preparar su siguiente salto al agua, más rápido de lo que pude reaccionar, se quitó uno de los flotadores -decidió que le estorbaba- y lo aventó fuera de la alberca. ¡Splash!, se lanzó como siempre, sólo que sintió la angustiosa realidad de hundirse sorpresivamente.  Como en cámara lenta mi mente lo registró y lo saqué tan rápido como pude. Segundos eternos en los que los dos aprendimos la lección: Mateo sobre la utilidad de esos aditamentos que creía una necedad; y la abuela, sobre la fragilidad de la vida.

Así somos los humanos.  Borges decía que no hay un absurdo mayor que la inmortalidad de los dioses, porque cuando crees que vas a vivir eternamente, es cuando cometes tonterías.  ¡Ah, es cierto! Necesitamos que la vida nos quite un flotador para entonces sí apreciarla.  Irónicamente requerimos de las crisis y la fricción, necesitamos sentir el hundimiento, el vacío y tener algún tipo de disonancia, de dolor, porque, paradójicamente, es lo que nos abre a la vida. Ciertamente si estuviéramos en el paraíso, no nos moveríamos nunca. Cuando sientes que te hundes -si algo tiene de positivo- suena la campana para que el alma se manifieste.

La mayoría de los que llegamos a los 50, o ya los pasamos, nos hemos tambaleado en alguna área: en el trabajo, la relación de pareja, algún problema de salud, alguna pérdida, un problema con un hijo, algún tipo de adicción o lo que sea, es parte de la vida.  Cuando pasas por una crisis ineludible, como por ejemplo, la de la mitad de la vida, una de las cosas que más te pega es darte cuenta de que eres mortal, que has llegado a la cima de tu edad biológica y que, te guste o no, comienza el mediodía de tu existencia. Y al igual que Mateo, sientes que te quitan un flotador.  La vida te da un aviso para que la vivas y la disfrutes con intensidad, porque pronto se puede terminar.  Como diría Nietzsche: “La vida no es una mujer seductora; la vida es una mujer que te grita que luches por ser digno de ella. Si no la buscas, jamás te encontrarás con ella”.

De alguna manera, alrededor de los 50 años te doblas ante lo implacable del paso del tiempo. Ahora sí, en cada cumpleaños, festejas vivir un año más y, al mismo tiempo, sientes el pellizco en el estómago porque sabes que significa vivir un año menos. Este punto de quiebre nos ofrece dos lecturas: La primera es la de la pérdida en varios de sus niveles: pérdida de energía, del gozo de la irresponsabilidad, de los desvelos sin consecuencia o de la urgencia por construir un futuro. La segunda es la lectura de una ganancia: un despertar en la mirada que aprecia el mundo de diferente manera y disfruta la belleza del instante, de lo simple, te das cuenta de que lo que antes te deslumbraba, no es en realidad lo que te hace feliz, y de que el momento para ser la mejor versión de ti mismo es ahora.

Cuando te quedas sólo con la primera visión, es muy probable que la amargura te invada, o lo que es lo mismo, que la vida te quite el otro flotador y te sientas muerto en vida. Nuevamente, como dijo Nietzsche: “Eres igual que un cerillo: para que puedas vivir, tienes que consumirte”.

Así es, a ese consumirnos constantemente le llamamos vida. Sólo cuando le damos valor a la muerte, le damos valor a la vida. Es por eso que pasados los 50 años, la vida toma un sentido maravilloso: ¡Cómo vivirla es nuestra opción!

La Gratitud

Dicen que de todos los sentimientos humanos, la gratitud es el más efímero de todos. Y no deja de haber algo de cierto en ello. El saber agradecer es un valor en el que pocas veces se piensa. Ya nuestras abuelas nos lo decían “de gente bien nacida es ser agradecida”.

 

Para algunos es muy fácil dar las “gracias” por los pequeños servicios cotidianos que recibimos, pero no siempre es así. Ser agradecido es más que saber pronunciar unas palabras de forma mecánica, la gratitud es aquella actitud que nace del corazón en aprecio a lo que alguien más ha hecho por nosotros.

 

La gratitud no significa “devolver el favor”: si alguien me sirve una taza de café,no significa que después debo servir a la misma persona una taza y quedar iguales. El agradecimiento no es pagar una deuda, es reconocer la generosidad ajena. La persona agradecida busca tener otras atenciones con las personas, no pensando en “pagar” por el beneficio recibido, sino en devolver la muestra de afecto o cuidado que tuvo.

 

Los niños agradecen los obsequios de sus padres con una sonrisa, un abrazo y un beso. ¿De que otra manera podría agradecer y corresponder un niño?  Y con eso, a los padres les basta.

 

Las muestras de afecto son una forma visible de agradecimiento; la gratitud nace por la actitud que tuvo la persona, más que por el bien (o beneficio) recibido. Conocemos personas a quienes tenemos especial estima, preferencia o cariño por “todo” lo que nos han dado: padres, maestros, cónyuge, amigos, jefes.

 

El motivo de nuestro agradecimiento se debe al “desinterés” que tuvieron a pesar del cansancio y la rutina.  Nos dieron su tiempo, o su cuidado.  Nuestro agradecimiento debe surgir de un corazón grande.

 

No siempre contamos con la presencia de alguien conocido para salir de un apuro, resolver un percance o un pequeño accidente. ¡Cómo agradecemos que alguien abra la puerta del auto para colocar las cajas que llevamos, nos ofrezca su hogar, o nos ayude a reemplazar el neumático averiado! El camino para vivir el valor del agradecimiento tiene algunas notas características que implican:

 

Reconocer en los demás el esfuerzo por servir. Acostumbrarnos a dar las gracias. Tener pequeños detalles de atención con todas las personas: acomodar la silla, abrir la puerta, servir un café, colocar los cubiertos en la mesa, un saludo cordial.

 

La persona que más sirve, es la que sabe ser más agradecida.

 

Esta es la historia de un hombre que podría definirse como un buscador.  Un buscador es alguien que busca, no necesariamente alguien que encuentra.  Tampoco es alguien que, necesariamente, sabe qué es lo que está buscando. Es simplemente alguien para quien su vida es una búsqueda.

Un día, el buscador sintió que debería ir a la ciudad de Kammir.  Él había aprendido a hacer caso riguroso a esas sensaciones que venían de un lugar desconocido de sí mismo, de modo que dejó todo y partió.  Después de dos días de marcha por los polvorientos caminos, divisó a lo lejos la ciudad de Kammir. Un poco antes de llegar al pueblo, una colina a la derecha del sendero le llamó mucho la atención. Estaba tapizada de un verde maravilloso y había un montón de árboles, pájaros y flores bellas. La rodeaba por completo una especie de valla de madera lustrada.  Una portezuela de bronce lo invitaba a entrar.

De pronto sintió que olvidaba el pueblo y sucumbió ante la tentación de descansar por un momento en ese lugar. El buscador traspasó el portal y caminó lentamente entre las piedras blancas que estaban distribuidas como al azar, entre los árboles. Dejó que sus ojos se posaran como mariposas en cada detalle de este paraíso multicolor. Sus ojos eran los de un buscador, y quizá por eso descubrió sobre una de las piedras, aquella inscripción:

“Aquí yace Abdul Tareg. Vivió 8 años, 6 meses, 2 semanas y 3 días.”

Se sobrecogió un poco al darse cuenta que esa piedra no era simplemente una piedra, era una lápida. Sintió pena al pensar que un niño de tan corta edad estuviera enterrado en ese lugar.  Mirando a su alrededor, el hombre se dio cuenta que la piedra de al lado tenía también una inscripción. Se acercó a leerla; decía:

“Aquí yace Yamir Kalib. Vivió 5 años, 8 meses y 3 semanas.”

El buscador se sintió terriblemente abatido. Ese hermoso lugar era un cementerio y cada piedra, una tumba. Una por una leyó las lapidas. Todas tenían inscripciones similares: un nombre y el tiempo de vida exacto del muerto.  Pero lo que más lo conectó con el espanto fue comprobar que el que más tiempo había vivido sobrepasaba apenas los 11 años.

Embargado por un dolor terrible se sentó y se puso a llorar. El cuidador del cementerio, que pasaba por ahí, se acercó. Lo miró llorar por un rato en silencio y luego le preguntó si lloraba por algún familiar:

No, ningún familiar. -dijo el buscador-.  ¿Qué pasa con este pueblo? ¿Qué cosa terrible hay en esta ciudad? ¿Por qué tantos niños muertos enterrados en este lugar?  ¿Cuál es la horrible maldición que pesa sobre esta gente que los ha obligado a construir un cementerio de niños?

El anciano respondió:

Puede usted serenarse. No hay tal maldición. Lo que sucede es que aquí tenemos una vieja costumbre, le contaré:

Cuando un joven cumple quince años sus padres le regalan una libreta como ésta que tengo aquí colgando del cuello. Y es tradición entre nosotros que a partir de ese momento, cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abra la libreta y anote en ella, a la izquierda, que fue lo disfrutado y a la derecha, cuánto tiempo duró el gozo.

Conoció a su novia, y se enamoró de ella. ¿Cuánto tiempo duro esa pasión enorme y el placer de conocerla? ¿Una semana…? ¿dos…? ¿tres semanas y media…?

Y después, la emoción del primer beso, la fiesta de bodas, ¿cuánto duró la alegría del matrimonio? ¿dos días…? ¿una semana..?

¿Y el casamiento de tus amigos…?

¿Y el viaje más deseado…?¿Y el encuentro con quien vuelve de un país lejano..?

¿Cuánto tiempo duró el disfrutar de esas sensaciones…? ¿horas..? ¿días…?

Y así, vamos anotando en la libreta cada momento que disfrutamos. Cuando alguien muere, es nuestra costumbre abrir su libreta y sumar el tiempo anotado, para escribirlo sobre su tumba, porque es amigo caminante el único y verdadero tiempo vivido.

Vive intensamente y sanamente el presente, incrementando tu bitacora de gratos recuerdos con  momentos de felicidad duradera.
Es mi consejo.

 

 

Soltar amarras

Es tiempo de soltar amarras. Aquí dejo todo lo que me hace daño porque es tiempo de ser más fluido con la gente y conmigo mismo. Es momento de dejar ir, de permitir que el viento me despeine y me sacuda; que se lleve el resentimiento, y que mi alma perdone deudas y deudores. 

Porque es tiempo de que me perdone a mí mismo pues ya me regañé bastante. Fueron muchas las piedras que yo mismo puse en mi camino y los puentes dinamitados por mi. Como auto castigo ya estuvo bueno. Hoy elijo el camino de la aceptación; es más barato.

Acepto y entiendo que merezco empezar de cero; con alma transparente y espíritu tranquilo. En mi vida, a partir de ahora, lo que ha de ser, será. Entiendo que por más que me angustie, no agregaré un centímetro a mi estatura; Jesús tenía razón. Es tiempo de relajarme. Dios no me está juzgando. Así que, ¿por qué habría yo de hacerlo? Es hora de levar anclas, de liberar cosas, de soltar gente. Nadie tiene porque ser como yo quiera. Así están perfectos. Así ha funcionado hasta este momento su vida. ¿Qué mejor prueba podría pedir para convencerme?

Me dedico a atender lo mío, a refundarme. Viene bien tirar lo que ya no sirve, perdonar. Entre ser feliz y tener razón, elijo lo primero. Tener la razón es el peor de los desgastes, pues te quita el sueño intentando corregir al universo. Elijo mirar la sonrisa del sol. Elijo abrazar al aire, pues me ama lo suficiente para mantenerme con vida. ¿Qué mejor prueba de amor? Afortunadamente, se me dio la facultad de elegir. Elijo controlar a mis propios demonios. Es más, decidido darles vacaciones. Es tiempo de soltar amarras, de levar anclas, de dejarme en paz.

¡De tanto pelear conmigo mismo, se me estaba olvidando a que sabe la sonrisa!

Qué estupendo es cuando no controlas a nadie, cuando no pides cuentas, cuando tiras a la basura los rencores. A partir de ahora quiero ser más justo; la vida no es un tablero de ajedrez ni las personas caballos o alfiles. Trato a la gente como me gustaría que me trataran. Si algo nos debemos, te ofrezco un abrazo, te pido una disculpa. Yo ya me perdoné. ¿Podrías hacerlo tú también? Yo te invito. Renovación es una palabra muy comprometedora. ¡Te obliga a caminar sin excusas! Sin nadie a quien echarle la culpa de nada. Pero definitivamente es el camino al cielo. Nada es casualidad, no hay accidentes en el mundo de la voluntad.

Por eso, sea cual sea la razón por la que estés leyendo estas líneas, elijo creer que el universo nos permitió crear este lazo, aun cuando ni siquiera nos hayamos visto. Elijo creer que estemos dispuestos a sembrar más sonrisas en nosotros mismos y en la gente.

 

 

¿De las heridas que recibiste cuando eras pequeño?, ¿de tus traumas de la infancia?, ¿de lo que alguien más decidió que fueras?, ¿de una relación que no te satisface?, ¿ de un trabajo que no disfrutas?, ¿de la rutina de tu vida?

¡Ya libérate! ¡tira ya ese costal que llevas en la espalda en el guardas el resentimiento, el rencor y la culpa. Deja ya de culpar a otros y a tu pasado por lo que no marcha bien en tu vida. Cada día tienes la oportunidad de empezar otra vez. Cada mañana, al abrir los ojos, naces de nuevo, recibes otra oportunidad para cambiar lo que no te gusta y para mejorar tu vida. La responsabilidad es toda tuya. Tu felicidad no depende de tus padres, de tu pareja, de tus amigos, de tu pasado, depende solo de ti.

¿Qué es lo que te tiene paralizado?, ¿el miedo al rechazo?, ¿al éxito?, ¿al fracaso?, ¿al que dirán?, ¿a la crítica?, ¿a cometer errores?, ¿a estar solo?

¡Rompe ya las cadenas que tu mismo te has impuesto! A lo único que le debes tener miedo es a no ser tú mismo, a dejar pasar tu vida sin hacer lo que quieres, a desaprovechar esta oportunidad de mostrarte a otros, de decir lo que piensas, de compartir lo que tienes. Tú eres parte de la vida y como todos, puedes caminar con la frente en alto. Los errores del pasado ya han sido olvidados y los errores del futuro serán perdonados. Date cuenta de que nadie lleva un registro de tus faltas, solo tú mismo. Ese juez que te reprocha, ese verdugo que te castiga, ese mal amigo que siempre te critica, ¡eres tú mismo! Ya déjate en paz, ya perdónate, sólo tú puedes lograrlo.

¿Cuándo vas a demostrar tu amor a tus seres queridos?, ¿Cuándo te queden unos minutos de vida?, ¿Cuándo les queden a ellos unos minutos de vida?

El amor que no demuestres hoy, se perderá para siempre. Recuerda que la vida es tan corta y tan frágil que no tenemos tiempo que perder en rencores y estúpidas discusiones. Hoy es el día de perdonar las ofensas del pasado y de arreglar las viejas rencillas. Entrégate a los que amas sin esperar cambiarlos, acéptalos tal como son y respeta el don más valioso que han recibido: Su libertad.

Disfruta de tus relaciones sin hacer dramas. Si pretendes que todos hagan lo que tú quieres o que sean como tú has decidido, si pretendes controlar a los que te rodean, llenarás tu vida de conflicto. Permite a otros que tomen sus propias decisiones como has de tomar las tuyas, tratando siempre de lograr lo que es mejor para todos. Así podrás llenar tu vida de armonía.

Y por último, ¿Qué estás esperando para empezar a disfrutar de tu vida? ¿Que se arreglen todos tus problemas?, ¿Que se te quiten todos tus traumas?, ¿Que por fin alguien reconozca tu valía?, ¿Que llegue el amor de tu vida?, ¿Que regrese el que se fue?, ¿Que todo te salga como tú quieres?, ¿Que se acabe la crisis económica?, ¿Que te suceda un milagro?, ¿Que por arte de magia todo sea hermoso y perfecto?
Frnacisco J. Ángel.

Un hombre de 92 años, bajo, muy bien vestido, quien cuidaba mucho su apariencia, se está cambiando a una casa de ancianos hoy. Después de esperar varias horas en la recepción, gentilmente sonríe cuando le dicen que su cuarto está listo. Su esposa de 70 años murió recién y él se vio obligado a dejar su hogar. Conforme camina lentamente al elevador, usando su bastón, yo le describo su cuarto, incluyendo la hoja de papel que sirve como cortina en la ventana.  Me gusta mucho, dijo, con el entusiasmo de un niño de 8 años que ha recibido una nueva mascota.

Señor, usted aún no ha visto su cuarto, espere un momento, ya casi llegamos. Eso no tiene nada que ver, contesta. Ya está decidido en mi mente que me gusta mi cuarto. Es una decisión que tomo cada mañana cuando me levanto. La felicidad, yo la elijo por adelantado. Si me gusta o no el cuarto no depende del mobiliario o la decoración, sino de cómo yo decido verlo.

Yo puedo escoger: Puedo pasar mi día en cama enumerando todas las dificultades que tengo con las partes de mi cuerpo que no funcionan bien, o puedo levantarme y dar gracias al cielo por aquellas partes que todavía trabajan bien. Cada día es un regalo, y mientras yo pueda abrir mis ojos, me enfocaré en el nuevo día, y todos los recuerdos felices que he construido durante mi vida. La vejez es como una cuenta bancaria: Tú retiras al final lo que has depositado durante toda tu vida. Así que mi consejo para ti es que deposites toda la felicidad que tengas en tu cuenta bancaria de recuerdos.

Libera tu corazón del odio. Libera tu mente de preocupaciones. Recuerda estas simples líneas para lograr la felicidad: Vive de forma simple. Da más. Espera menos.

 

 

Dr. Jorge Carvajal, Médico Cirujano experto en medicina Bioenergética

¿Qué enferma primero, el cuerpo o el alma?
El alma no puede enfermar, porque es lo que hay perfecto en ti, el alma evoluciona, aprende. En realidad, buena parte de las enfermedades son todo lo contrario: son la resistencia del cuerpo emocional y mental al alma. Cuando nuestra personalidad se resiste al designio del alma es cuando enfermamos.
¿Hay emociones perjudiciales para la salud? ¿Cuáles son las que más nos perjudican?
Un 70 por ciento de las enfermedades del ser humano vienen del campo de conciencia emocional.
Las enfermedades muchas veces proceden de emociones no procesadas, no expresadas, reprimidas. El temor, que es la ausencia de amor, es la gran enfermedad, el común denominador de buena parte de las enfermedades que hoy tenemos. Cuando el temor se queda congelado afecta al riñón, a las glándulas suprarrenales, a los huesos, a la energía vital, y puede convertirse en pánico.
Nos hacemos los fuertes y descuidamos nuestra salud. De héroes están llenos los cementerios. Te tienes que cuidar. Tienes tus límites, no vayas más allá. Tienes que reconocer cuáles son tus límites y superarlos porque si no los reconoces, vas a destruir tu cuerpo.
¿Cómo nos afecta la ira?
La ira es santa, es sagrada, es una emoción positiva porque te lleva a la autoafirmación, a la búsqueda de tu territorio, a defender lo que es tuyo, lo que es justo. Pero cuando la ira se vuelve irritabilidad, agresividad, resentimiento, odio, se vuelve contra ti, y afecta al hígado, la digestión, el sistema inmunológico.
¿La alegría por el contrario nos ayuda a estar sanos?
La alegría es la más bella de las emociones porque es la emoción de la inocencia, del corazón, y es la más sanadora de todas, porque no es contraria a ninguna otra. Un poquito de tristeza con alegría escribe poemas. La alegría con miedo nos lleva a contextualizar el miedo y a no darle tanta importancia.
¿La alegría suaviza el ánimo?
Sí, la alegría suaviza todas las otras emociones porque nos permite procesarlas desde la inocencia. La alegría pone al resto de las emociones en contacto con el corazón y les da un sentido ascendente. Las canaliza para que lleguen al mundo de la mente.
¿Y la tristeza?
La tristeza es un sentimiento que puede llevarte a la depresión cuando te envuelves en ella y no la expresas, pero también puede ayudarte. La tristeza te lleva a contactar contigo mismo y a restaurar el control interno. Todas las emociones negativas tienen su propio aspecto positivo, las hacemos negativas cuando las reprimimos.
¿Es mejor aceptar esas emociones que consideramos negativas como parte de uno mismo?
Como parte para transformarlas, es decir, cuando se aceptan fluyen, y ya no se estancan, y se pueden transmutar. Tenemos que canalizarlas para que lleguen desde el corazón hasta la cabeza.
¡Qué difícil!
Sí, es muy difícil. Realmente las emociones básicas son el amor y el temor (que es ausencia de amor), así que todo lo que existe es amor, por exceso o defecto. Constructivo o destructivo. Porque también existe el amor que se aferra, el amor que sobreprotege, el amor tóxico, destructivo.
¿Cómo prevenir la enfermedad?
Somos creadores, así que yo creo que la mejor forma es creando salud. Y si creamos salud no tendremos ni que prevenir la enfermedad ni que atacarla, porque seremos salud.
¿Y si aparece la enfermedad?
Pues tendremos que aceptarla porque somos humanos. También enfermó Krishnamurti de un cáncer de páncreas y no era nadie que llevara una vida desordenada. Mucha gente muy valiosa espiritualmente ha enfermado. Debemos explicarlo para aquellos que creen que enfermar es fracasar. El fracaso y el éxito son dos maestros, pero nada más. Y cuando tú eres el aprendiz, tienes que aceptar e incorporar la lección de la enfermedad en tu vida. Cada vez más personas sufren ansiedad.
La ansiedad es un sentimiento de vacío, que a veces se vuelve un hueco en el estómago, una sensación de falta de aire. Es un vacío existencial que surge cuando buscamos fuera en lugar de buscar dentro. Surge cuando buscamos en los acontecimientos externos, cuando buscamos muletas, apoyos externos, cuando no tenemos la solidez de la búsqueda interior. Si no aceptamos la soledad y no nos convertimos en nuestra propia compañía, vamos a experimentar ese vacío y vamos a intentar llenarlo con cosas y posesiones. Pero como no se puede llenar con cosas, cada vez el vacío aumenta.
¿Y qué podemos hacer para liberarnos de esa angustia?
La angustia no se puede pasar comiendo chocolate, o con más calorías, o buscando un príncipe azul afuera. La angustia se pasa cuando entras en tu interior, te aceptas como eres y te reconcilias contigo mismo. La angustia viene de que no somos lo que queremos ser, pero tampoco lo que somos, entonces estamos en el “debería ser”, y no somos ni lo uno ni lo otro.
El estrés es otro de los males de nuestra época. El estrés viene de la competitividad, de que quiero ser perfecto, quiero ser mejor, de que quiero dar una nota que no es la mía, de que quiero imitar. Y realmente sólo se puede competir cuando decides ser tu propia competencia, es decir, cuando quieres ser único, original, auténtico, no una fotocopia de nadie.
El estrés destructivo perjudica el sistema inmunológico. Pero un buen estrés es una maravilla, porque te permite estar alerta y despierto en las crisis, y poder aprovecharlas como una oportunidad para emerger a un nuevo nivel de conciencia.
¿Qué nos recomendaría para sentirnos mejor con nosotros mismos? La soledad. Estar con uno mismo cada día es maravilloso. Estar 20 minutos con uno mismo es el comienzo de la meditación; es tender un puente hacia la verdadera salud; es acceder al altar interior, al ser interior.
Mi recomendación es que la gente ponga su despertador 20 minutos antes para no robarle tiempo a sus ocupaciones. Si dedicas, no el tiempo que te sobra, sino esos primeros minutos de la mañana, cuando estás fresco y descansado, a meditar, esa pausa te va a recargar, porque en la pausa habita el potencial del alma.
¿Qué es para usted la felicidad?
Es la esencia de la vida. Es el sentido mismo de la vida, encarnamos para ser felices, no para otra cosa. Pero la felicidad no es placer, es integridad. Cuando todos los sentidos se consagran al ser, podemos ser felices. Somos felices cuando creemos en nosotros, cuando confiamos en nosotros, cuando nos encomendamos transpersonalmente a un nivel que trasciende el pequeño yo o el pequeño ego. Somos felices cuando tenemos un sentido que va más allá de la vida cotidiana, cuando no aplazamos la vida, cuando no nos desplazamos a nosotros mismos, cuando estamos en paz y a salvo con la vida y con nuestra conciencia. Vivir el Presente.
¿Es importante vivir en el presente? ¿Cómo lograrlo?
Dejamos ir el pasado y no hipotecamos la vida a las expectativas de futuro cuando nos volcamos en el ser y no en el tener. Yo me digo que la felicidad tiene que ver con la realización, y ésta con la capacidad de habitar la realidad. Y vivir en realidad es salir del mundo de la confusión.
¿Tan confundidos estamos, en su opinión?
Tenemos tres ilusiones enormes que nos confunden. Primero creemos que somos un cuerpo y no un alma, cuando el cuerpo es el instrumento de la vida y se acaba con la muerte.
Segundo, creemos que el sentido de la vida es el placer; pero a más placer no hay más felicidad, sino más dependencia. Placer y felicidad no es lo mismo. Hay que consagrar el placer a la vida y no la vida al placer.
La tercera ilusión es el poder; creemos tener el poder infinito de vivir.
¿Y qué necesitamos realmente para vivir?, ¿acaso el amor?
El amor, tan traído y tan llevado, y tan calumniado, es una fuerza renovadora.
El amor es magnífico porque crea cohesión. En el amor todo está vivo, como un río que se renueva a sí mismo. En el amor siempre uno puede renovarse, porque todo lo ordena. En el amor no hay usurpación, no hay desplazamiento, no hay miedo, no hay resentimiento, porque cuando tú te ordenas porque vives el amor, cada cosa ocupa su lugar, y entonces se restaura la armonía. Ahora, desde la perspectiva humana, lo asimilamos con la debilidad, pero el amor no es débil. Nos debilita cuando entendemos que alguien a quien amamos no nos ama.
Hay una gran confusión en nuestra cultura. Creemos que sufrimos por amor, que nuestras catástrofes son por amor. Pero no es por amor, es por enamoramiento, que es una variedad del apego. Eso que llamamos habitualmente amor es una droga. Igual que se depende de la cocaína, la marihuana o la morfina, también se depende del enamoramiento. Es una muleta para apoyarse, en vez de llevar a alguien en mi corazón para liberarlo y liberarme. El verdadero amor tiene una esencia fundamental que es la libertad, y siempre conduce a la libertad. Pero a veces nos sentimos atados a un amor. Si el amor conduce a la dependencia es eros. Eros es un fósforo, y cuando lo enciendes se te consume rápidamente, en dos minutos ya te quemas el dedo. Hay muchos amores que son así, pura chispa. Aunque esa chispa puede servir para encender el leño del verdadero amor. Cuando el leño está encendido produce el fuego. Ese es el amor impersonal, que produce luz y calor.
¿Puede darnos algún consejo para alcanzar el amor verdadero?
Solamente la verdad. Confía en la verdad; no tienes que ser como la princesa de los sueños del otro, no tienes que ser ni más ni menos de lo que eres. Tienes un derecho sagrado, que es el derecho a equivocarte; tienes otro, que es el derecho a perdonar, porque el error es tu maestro. Ámate, sincérate y considérate. Si tú no te quieres, no vas a encontrar a nadie que te pueda querer. El amor produce amor. Si te amas, vas a encontrar el amor. Si no, vacío. Pero nunca busques una migaja; eso es indigno de ti. La clave entonces es amarse a sí mismo. Y al prójimo como a ti mismo. Si no te amas a ti, no amas a Dios, ni a tu hijo, porque te estás apegando, estás condicionando al otro. Acéptate como eres; lo que no aceptamos no lo podemos transformar, y la vida es una corriente de transformación permanente.

Entrevista al Dr. Jorge Carvajal
Médico Cirujano de la Universidad e Andalucía, España.
Pionereo de la Medicina Bioenergética.

La verdad es que casi todos vamos por la vida  un poco sin saber a dónde ir y cuando más o menos sabemos algo, se nos dificulta el cómo podemos lograrlo.

Casi todos vamos por la vida un poco sin saber a dónde ir y cuando más o menos sabemos algo, se nos dificulta el cómo podemos lograrlo.

En la obra de Alicia en el país de las maravillas, puede leerse un párrafo que dice así:
 
“…El Gato se limitó a sonreír al ver a Alicia. Parece bueno, pensó Alicia; sin embargo, tiene uñas muy largas, y muchísimos dientes, así que comprendió que debía tratarlo con respeto:
-    Gatito, gatito, dijo, un poco tímidamente, ya que no sabía si le gustaba que le llamasen así; pero al Gato se le ensanchó la sonrisa.
 
Ante esto, Alicia pensó: “vaya, de momento parece complacido”, y prosiguió:
-    ¿Te importaría decirme, por favor, qué camino debo tomar desde aquí?
-    Eso depende en gran medida de adónde quieres ir, -dijo el Gato.
-    ¡No me importa mucho a dónde…! -dijo Alicia-.
-    Entonces, da igual la dirección -dijo el Gato.  Añadiendo: ¡Cualquiera que tomes está bien…!
-    Gracias añadió Alicia a modo de explicación.
-    ¡Ah!, dijo el gato: -ten la seguridad de que llegarás, sobre todo si caminas bastante, y añadió: ¡Nadie camina la vida sin haber pisado en falso muchas veces! …”
 
En el párrafo antes señalado, podemos ver claramente que Alicia, quién aparentemente se encuentra perdida, al llegar a la bifurcación de unos caminos se encuentra al gato, personaje que representa a muchos que conocemos, astutos y malintencionados, que siempre tienen una solución a la mano aunque no sepan a ciencia cierta de lo que hablan. Aunque claro, habría que decir que también nos encontramos a muchos que son amables y bondadosos y que nos ayudan a encontrar el camino.

La verdad es que casi todos vamos por la vida al igual que Alicia, un poco sin saber a dónde ir y cuando más o menos sabemos algo, se nos dificulta el cómo podemos lograrlo. Por esta razón, casi siempre andamos a la deriva de nuestras metas y por ello, también necesitamos ayuda desinteresada.

Por lo general, cuando nos enfrentamos a un problema en nuestra vida, sentimos que el mundo se nos cae, y es cuando requerimos de alguien que de manera desinteresada nos ayude a resolverlo. Quizá, muchas veces tan sólo necesitamos que nos dé palabras de aliento, y algunos cuantos consejos que nos ayuden a analizar los hechos, pues siempre la decisión final está en nuestras manos. Esta es una premisa importante, nadie vendrá de fuera a solucionar nuestros problemas, esos debemos resolverlos cada uno de nosotros.

Por lo general, la juventud es una etapa en la cual debemos plantearnos la pregunta trascendente: ¿A dónde quiero llegar? ¿Qué debo hacer para lograrlo? Este es un problema trascendente en la vida de los jóvenes, saber plantearse metas de vida, objetivos factibles y alcanzables, sueños de vida que pueden hacerse realidad y mediante ellos sentir la realización plena.

Hay una serie de reflexiones que debemos tomar siempre en cuenta, pues nos ayudarán a encontrar mejor el camino, lejos de la mala intención de personas, que como el gato de nuestra historia, buscaba hacer que Alicia se sintiera cómoda donde estaba, en lugar de actuar con sabiduría preguntándole exactamente a dónde quería ir. 
 
Estas son frases que encierran mucho significado y que deben meditarse en la más absoluta de las soledades, pues es cuando el ser humano establece contacto con su ser interior.
 
    Nadie alcanza la meta con un solo intento, ni perfecciona la vida con una sola rectificación, ni alcanza altura con un solo vuelo.
    Nadie mira la vida sin acobardarse en muchas ocasiones, ni se mete en el barco sin temerle a la tempestad, ni llega al puerto sin remar muchas veces.
    Nadie llega a la otra orilla sin haber ido haciendo puentes para pasar.
    Nadie puede juzgar sin conocer primero su propia debilidad.
    Nadie siente el amor sin probar sus lágrimas, ni recoge rosas sin sentir sus espinas.
    Nadie recoge cosechas sin probar muchos sabores, enterrar muchas semillas y abonar mucha tierra.
    Nadie reconoce la oportunidad hasta que ésta pasa por su lado y la deja ir.
    Nadie consigue su ideal sin haber pensado muchas veces que perseguía un imposible.
    Nadie deja el alma lustrosa sin el pulimento diario de Dios.
    Nadie hace obras sin martillar sobre su edificio, ni cultiva amistad sin renunciar a sí mismo, ni se hace hombre sin sentir a Dios.
    Nadie encuentra el pozo de Dios hasta caminar por la sed del desierto.
    Nadie deja de llegar, cuando se tiene la claridad de un don, el crecimiento de su voluntad, la abundancia de la vida, el poder para realizarse y el impulso de Dios.
    Nadie deja de llegar cuando de verdad se lo propone. 
 
Si sacas todo lo que tienes y estás con Dios. Vas a llegar.
 
Jorge R. Meléndrez Quezada
Grupo Semillas

 

 

Los dioses habían decidido ponerlos juntos, en el mismo nido, les regalaron una madre, los hicieron diferentes, pero siendo huevos, eso casi no se notaba.  El cascarón cedió dando paso a una débil y rosada piel que tiritaba de frío cuando la madre volaba lejos del nido para cazar la comida de cada día. El aguilucho pronto se diferenció de su hermano, crecía con rapidez y era muy vivaz.

La madre repartía la comida por igual, pero el aguilucho siempre terminaba antes y luego le arrebataba parte de la comida a su todavía débil hermano. Así crecieron, uno a la sombra de otro. Llegaron las plumas y al momento de abandonar el nido, el aguilucho estaba listo, pero su hermano no.

Extendió sus alas y se lanzó pleno al vacío en un vuelo de picada, hizo un giro y sintió la maravillosa sensación del aire acariciando sus plumas, se pensó dueño del mundo, dueño del aire, dueño de la tierra. Estaba hecho para dominar.  Su hermano con un plumaje todavía grisáceo y sin forma, se aventuró temeroso detrás de su admirado y envidiado hermano aguilucho; el porrazo fue seco, y la decepción peor.

¿Por qué tengo estas garras inservibles, este pico grande y estas plumas débiles?, se preguntaba el todavía indefenso polluelo.  Y así se cuestionaba, caída tras caída mientras observaba a su hermano adiestrándose en la tarea de conquistar el mundo; quien con violencia rompía la dirección del viento y se volvió capaz de cazar cualquier animal que rondaba por el piso.

Los desafiaba a todos y desarrolló ciertos gustos refinados comiéndose solo las partes más exquisitas de su carne.  Su hermano feo lo seguía día y noche en pequeños y torpes vuelos desde tierra, y frustrado por su incapacidad rapaz, se veía obligado a comer los restos despreciados por su hermano el águila.

Eran hermanos: uno aprendió el arte del vuelo, de la cacería exitosa, del dominio natural, el otro aprendió el arte de conectarse con la tierra, de limpiar los vestigios de la soberbia de su hermano, y del silencio imprescindible de la humildad.  El águila se acostumbró a su mundo de poderío y gobierno, y la ceguera lo llevaba a cazar por el puro gusto de cazar, dejaba presas enteras gozándose de las miradas temerosas de los animales en tierra.

Su madre los observaba siempre lejana, y detrás de ella los dioses. “El difícil arte de volar no es una tarea de abrir las alas solamente, se decían, volar es renunciar a algo para unirte a los demás.”

Pero el feo polluelo, alimentado de la carroña que dejaba su hermano, poco a poco se transformó en una ave de enorme y fuertes plumas, con un bello collar blanco.  Y un buen día, el hermano feo dejó de ser feo, renunció a su autocompasión y a la envidia que sentía de su hermano el águila; levantó las alas y sintió cómo la tierra se alejaba de sus patas, se conectó con el viento y fue llevado a las alturas, conoció las nubes, vio de cerca al padre sol, y escuchaba las corrientes aéreas esculpiendo la fría roca, y fue muy feliz.

¿Y el águila? El águila no quiso renunciar a nada, colérica observó cómo el bello cóndor volaba sereno por lugares que ella no había alcanzado nunca a explorar. Usó toda su fuerza, agitaba sus alas en un vuelo desesperado por alcanzar a su hermano, pero ella no estaba hecha para volar tan alto.  El frío extremo y la falta de oxígeno la aturdieron y se precipitó a tierra. Su caída estrepitosa fue bien recibida por todos los animales que alguna vez fueron atacados o que habían perdido a sus seres queridos por el puro gusto que sentía el águila de usar su poder.

Y fue así como esta historia finalizó con una lección importante que los dioses repetían entristecidos por la ceguera del águila: “Volar es renunciar a algo para unirte al otro”.

 

 

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